Sunday, December 4

Así creó la URSS su imperio del gas con el que Putin amenaza a Europa durante la guerra de Ucrania


La tibia postura inicial de algunos países europeos con respecto a la guerra en Ucrania está muy relacionada con el descubrimiento de gigantescos yacimientos de gas natural en la antigua URSS, hace más de medio siglo, que ayudaron a la potencia comunista a expandir su influencia en el continente hasta el día de hoy. Uno de los primeros fue el de Urengói, que se perforó por primera vez en 1966. En 1981 ya había producido su primer billón de metros cúbicos. En la actualidad está operado por la polémica empresa Gazprom, cuyo poder es proporcional a los
260 billones de metros cúbicos gas y 825.000 toneladas de petróleo que produce al año.

 más depende de esta producción es Alemania, como consecuencia del acuerdo firmado entre la República Federal Alemana (RFA) y la Unión Soviética. La primera proporcionaría tecnología para construir gasoductos a cambio del gas natural ruso, a un precio mucho más barato, por supuesto. Ahí se plantó la semilla de la dependencia energética europea con Rusia, que se ha hecho más evidente que nunca durante la actual invasión de Ucrania por parte del presidente
Vladimir Putin, con sus más de 2.000 muertos y dos millones de desplazados hasta el momento.

Olaf Scholz, que lleva apenas tres meses como canciller alemán, recibió fuertes críticas por su ambigua postura en la
guerra, siempre con la sombra de la dependencia energética cirniéndose sobre él. Cuando en febrero viajó a Washington por primera vez y fue recibido por Joe Biden en la Casa Blanca, la prensa le criticó con dureza por su negativa a enviar armamento a Ucrania en el caso de que se produjera la esperada invasión –como finalmente ocurrió–. Los noticiarios le describían como un líder «invisible».

La amenaza de Putin

Ante la presión recibida por los socios de la Unión Europea, Scholz cambió sutilmente su postura, lo que no gustó a Rusia. A raíz de esta decisión, este lunes se confirmaron los peores miedos de Alemania: en un discurso transmitido en directo por la televisión pública rusa, el vicepresidente y número dos de Putin,
Alexander Nowak, amenazó abiertamente a Berlín con cortar el grifo del gas que le llevaba suministrando desde los tiempos de Leonid Brézhnev como líder de la URSS.

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«Tenemos todo el derecho de tomar una decisión justa de respuesta [a las sanciones] e imponer un embargo sobre el tránsito de gas a través del gasoducto Nord Stream 1, que hoy funciona a su capacidad máxima», declaró. Fue la forma en la que el Kremlin ha querido intimidar a Alemania, sabiendo perfectamente que en la actialidad transporta un tercio del gas que consumen los germanos. Y, también, como reacción a la decisión del Gobierno berlinés de suspender el proceso de licencia para el gasoducto
Nord Stream 2 que Rusia estaba intentando poner en funcionamiento.

Nowak sugirió que Rusia se ve empujada en esa dirección por los políticos europeos y sus acusaciones. Una amenzada en toda regla no solo para Alemania, sino para toda la UE. No hay que olvidar que Europa consume actualmente 500.000 millones de metros cúbicos de gas al año, el 40% de los cuales está asegurado por los rusos. A través de Nord Stream 1, cada año fluyen 60.000 millones de metros cúbicos. Una cantidad muy grande que Moscú siempre ha entregado con garantías durante todas las crisis por las que ha atravesado e, incluso, durante la Guerra Fría.

Las relaciones con la URSS

Todo comenzó en 1955, cuando el canciller alemán Konrad Adenauer visitó Moscú para establecer relaciones diplomáticas entre la nueva RFA y la URSS. En aquel momento el imperio comunista estaba gobernado por Nikita Kruschev, que tres años después firmó un acuerdo comercial muy importante para la historia soviética. A principios de los 60, la riqueza de los recursos petrolíferos y gasísticos de Rusia era ya asombrosa, como demuestra el hecho de que se disparara la demanda de tuberías de gran diámetro por parte del Kremlin que fabricaba Alemania. Las primeras fueron destinadas al oleoducto Druzhba, el már largo del mundo, que entró en funcionamiento en 1964.

El presidente Kennedy se austó del desproporcionado crecimiento del sector energético soviético y consiguió imponer, a través de la OTAN, un embargo a las exportaciones de tuberías de la RFA a la URSS. La Guerra Fría vivía uno de sus periodos más críticos, con enfrentamiento continuos de índole política y, sobre todo, económica, como es este caso. Antes de que acabara la década, sin embargo, se puso en marcha la ‘Ostpolitik’, con la que el canciller Willy Brandt abrió las relaciones de su país con los países de la Europa de Este, incluida la RDA, que era un estado títere de Moscú.

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Este fue el punto de partida para que, en 1970, se firmara el histórico acuerdo entre Alemania Occidental y la Unión Soviética, según el cual la RFA aceptaba ampliar el gasoducto Soyuz a través de lo que ahora es la República Checa, para llevarlo hasta el estado de Baviera. Era un intercambio de tuberías por gas, que no pocos historiadores y analistas han calificado como uno de los puntos de inflexión más importantes de la Guerra Fría, ya que estableció un puente de cooperación inédito entre Rusia y la parte de Europa que se le oponía.

El comienzo del monopolio

El gas empezó a llegar a las dos Alemanias en 1973, pero fue incrementando su suministro con diferentes acuerdos a lo largo de la década. El monopolio soviético del gas comenzaba a consolidarse, favorecido por la
crisis del petróleo. Los sucesores de Kennedy en la presidencia de Estados Unidos observaban con preocupación el incremento de esta dependencia de Europa. En los años 80, Ronald Reagan intentó varias veces convencer a Alemania y a otros países europeos de que redujeran la cantidad de gas ruso que importaban, pero no lo consiguió.

Cuando cayó el
Muro de Berlín, en 1989, la Unión Soviética incrementó el suministro de gas a Alemenia desde los 1.100 millones de metros cúbicos, en 1973, hasta los 25.700 millones, en 1993. A principios de los 90, la gran empresa estatal rusa Gazprom ya se había interesado por los suministros que pasaban por Ucrania, tanto por las deficientes infraestructuras que tenía ese país como como por razones geopolíticas. En 2005, Putin y el canciller Gerhard Schröder llegaron a un acuerdo para empezar a construir Nord Stream 1, que uniría ambos territorios a través del Mar Báltico sin pasar por los países intermedios.

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En este sentido, la Rusia postsoviética, bajo el mando de
Boris Yeltsin de 1991 a 1999, y posteriormente de Putin de 1999 a 2008 y desde 2012, ha reemergido como un Estado en crisis económica que ha encontrado en este recurso natural su fuente de poder y presión frente a su competidor más cercano: la UE. «La evidencia muestra que los líderes actuales ven la dotación de recursos naturales de Rusia, y sus hidrocarburos en particular, como el mecanismo más importante para restaurar la posición de Rusia como una potencia importante», explicaba el historiador Harley Balzer en 2005.

El «colapso» de la URSS

Hace unas semanas, el presidente Putin aseguraba que «el colapso de la Unión Soviética supuso el saqueo de la riqueza de Rusia y dejó en una posición muy difícil al país». Sin embargo, en la última década, Alemania ha seguido importando gas ruso a unos niveles históricamente altos. Al mismo tiempo, la excanciller
Angela Merkel puso en marcha el el gaseoducto Nord Stream 2, que generó importantes tensiones con Estados Unidos, pues veían en esta obra un medio del presidente ruso para chantajear energéticamente a la primera economía europea.

La invasión de Ucrania precipitó la caída de esta instalación, un tubo submarino de 1.230 kilómetros que se completó a finales del año pasado y que iba a tener una capacidad anual de 55.000 millones de metros cúbicos. Estaba a punto de entrar en funcionamiento, pero hace dos semanas Berlín anunció por sorpresa la suspensión del faraónico proyecto. Al día siguiente, el presidente de Estados Unidos anunció sanciones contra esta obra, cuya empresa matriz es Gazprom.

«Los políticos europeos deberían advertir honestamente a sus ciudadanos y consumidores de que los precios del combustible, la electricidad y la calefacción se van a disparar. El poder de las materias primas está preparado y encontrará otros mercados de venta además de Europa y Estados Unidos», advertía el número dos de Putin. La guerra por el gas también continúa.


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