Friday, February 3

Así sería Europa si independentistas y nacionalistas cumplieran sus objetivos



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Las fronteras europeas han cambiado su trazo continuamente a lo largo de la historia, también en el siglo XXI. La
invasión de Rusia a Ucrania es solo el último intento de
redibujar a la fuerza las líneas del mapa del continente tomando a sangre y fuego un país vecino.

Al margen de posicionamientos geopolíticos y de control de áreas de influencia, los invasores justifican el ataque también con argumentos nacionalistas: la negación de la existencia de Ucrania como país independiente; Ucrania como parte histórica de Rusia; los rusos de Ucrania como minoría oprimida.

Una encuesta del Pew Research Center realizada en 2019 asegura que el 53% de los rusos consideran que hay partes de países vecinos que realmente les pertenecen.

Una reclamación llevada hasta las últimas consecuencias en Ucrania, iniciada con la anexión de Crimea en 2014 y el soporte a los secesionistas prorrusos de la región del Donbass para la independencia del territorio. El presidente ruso, Vladímir Putin, exige el reconocimiento internacional de Crimea como parte de la Federación rusa y la independencia del Donbass; de lo contrario, amenaza a Ucrania con «poner en cuestión el futuro de su condición de Estado».

Después de la disolución de la Unión Soviética, Moscú ha apoyado activamente la escisión de territorios fronterizos, aunque sin asimilarlos por completo. Así ocurrió con su intervención en las regiones de Abjasia y Osetia del Sur (Georgia), en una guerra en 2008; y años antes en Transnistria, oficialmente en Moldavia pero con atribuciones de Estado, desgajada con el apoyo del Kremlin inmediatamente después de la desintegración de la URSS.

Estonia, Letonia y Lituania cuentan con una amplia porción de población rusa integrada, con problemas para la concesión de la ciudadanía del país, su principal anhelo. La concesión de la ciudadanía rusa a esta población actúa como foco de desestabilización en los países Bálticos, estados miembros de la Unión Europea y de la OTAN. Letonia cuenta con un movimiento a favor de la asimilación rusa en la región de Latgale, al este del país.

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Moscú, al margen de la excusa de las minorías rusas, ha tratado de desestabilizar estos años a Europa con el apoyo a movimientos nacionalistas lejos de sus fronteras; también en Ucrania, con su simpatía hacia el poco significativo movimiento independentista en la Rutenia Subcarpática, al oeste del país. El territorio, casa de numerosas minorías centroeuropeas, tiene un largo historial de cambios de dominio, entre ellos Hungría. De hecho, todavía alberga una amplia comunidad húngara.

Territorios irredentos

Hungría es, según el sondeo del Pew Research Center, el país, entre todos los encuestados, con mayor porcentaje de población, un 67%, que considera que partes de los estados vecinos realmente deberían estar dentro de sus fronteras. Esa ‘Gran Hungría’ ocuparía espacios ahora bajo soberanía de Eslovaquia y Rumanía, histórica y culturalmente unidos. Los húngaros de Székely también reclaman su territorio autónomo en Rumanía, y los húngaros de Serbia demandan la anexión de Vojvodina a Hungría.

El nacionalismo de Víktor Orban, no obstante, queda lejos de la deriva imperialista emprendida por Putin. De hecho, a pesar de que es el líder europeo más cercano al presidente ruso, ha condenado la invasión junto con sus aliados de la OTAN y la Unión Europea. No enviará armas al Gobierno de Kiev, pero sí apoyo humanitario, además de acoger refugiados de su vecino, casi 200.000 hasta ahora, el segundo país con mayor volumen después de Polonia.

Grecia es otro de los países con mayor proporción de población que reclama otros territorios, fundamentalmente las islas del mar Egeo en disputa con Turquía. Chipre no se resigna a ser una isla partida en dos naciones tras la invasión turca. Tanto grecochipriotas como turcochipriotas reclaman dominar todo el territorio.

Bulgaria cuenta con reivindicaciones no resueltas desde la reducción de sus límites con el final de la Segunda Guerra Mundial, alineado con Alemania. El 58% de su población considera que porciones de países vecinos son realmente Bulgaria, según la encuesta. Un alto porcentaje de polacos y eslovacos, casi la mitad de su población, también creen inexactos sus límites nacionales. Ambos reclaman redibujar su frontera; de hecho, la han modificado ligeramente este siglo.

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El 37% de los españoles consideran que la frontera de España se queda corta, según la encuesta del Pew Research Center. Se trata fundamentalmente de la reivindicación de la soberanía de Gibraltar. En España, sin embargo, la cuestión territorial más ruidosa son las reclamaciones para la redefinición de sus fronteras interiores, con Cataluña, Euskal Herria (País Vasco, País Vasco francés y Navarra) y Galicia como principales focos nacionalistas.

Fronteras interiores

El Kremlin, siempre dispuesto a debilitar la UE, ofrece su simpatía a los movimientos secesionistas europeos. Los nacionalistas, con las puertas de Bruselas cerradas a sus reclamaciones, han mirado a Moscú como apoyo diplomático. El
contorsionismo del independentismo catalán en los prolegómenos de la invasión rusa ha sido la última muestra de su desesperada búsqueda de aliados internacionales.

España no es el único país con territorios nacionalistas que pretenden redibujar sus límites. De hecho, son excepciones los estados que no cuentan con uno o varios dentro de sus fronteras. Francia cuenta con movimientos independentistas, o fuertemente autonomistas, en toda su periferia. Además de los catalanes del Rosellón y los ‘eukaldunes’ del País Vasco francés, están Bretaña, Normandía, Occitania, Provenza, Saboya, Alsacia y Córcega.

Italia, unificada en el siglo XIX, también cuenta con numerosos movimientos independentistas o autonomistas excluyentes, especialmente en el norte (Lombardía, Venecia, Liguria y Friuli), pero también en las islas de Cerdeña y Sicilia. La Padania, entelequia que parte el país en dos, norte y sur, es la meta original de la Liga Norte.

Alemania soporta los anhelos del Estado Libre de Baviera, que, además de Baviera, pretende incluir las regiones de Suabia y Franconia, por el momento fundamentalmente autonomistas. Lusacia también tiene sus regionalistas, al igual que la septentrional Schleswig-Holstein, habitada por frisones y daneses. El Reino Dinamarca, además de los autonomismos peninsulares, cuenta con el movimiento secesionista de la muy autónoma Islas Feroe, archipiélago situado entre Islandia y Gran Bretaña.

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El cantón de Jura, en la frontera con Francia, pretende salir de la Confederación Suiza. Bélgica quedaría partida en dos, los flamencos de Flandes y los francófonos de Valonia. Los Países Bajos perderían a los frisones, con idioma propio, que habitan también dentro de la frontera alemana, y constituirían Frisia.

En Escandinavia, los samis aspiran a su Laponia, tanto en Noruega como en Suecia. Entre Suecia y Finlandia, las islas Aland quieren dejar de depender de Helsinki. Los finlandeses de Carelia no se olvidan de su país de origen, territorio ahora dentro de Rusia, del que la Unión Soviética les separó tras la Guerra de Invierno.

En Polonia, Kashubia se reivindica como nación. Y, en el sur, Silesia se siente menos polaca y más próxima a las naciones que fueron el Imperio Austrohúngaro. La República Checa quedaría partida en dos: Bohemia y Moravia. Transilvania, en Rumanía, recuerda sus tiempos como principado independiente.

La división surgida tras la Guerra de los Balcanes no zanjó todas las reivindicaciones nacionalistas. Los bosnios de Serbia piden una provincia autónoma, Sandzak. Bosnia-Herzegovina, a su vez, perdería Srpska, promovido por los serbios de su territorio.

Asimilados por otros

Hay secesionistas que no piden la independencia de su territorio, sino su asimilación por otros estados. Así ocurre en Tirol del Sur (Italia) con apego a Austria y, en sentido opuesto, con los italoparlantes de Ticino, en Suiza, que piden su anexión a Lombardía. Una parte de los valones belgas están dispuestos a unirse a Francia. Parte de los irlandeses del norte quieren una sola Irlanda en la isla. Habitantes de Islas Shetland, al norte de Escocia, escandinavas hasta el siglo XV, reclaman su anexión a Noruega. En Albania, la minoría griega de Epiro del Norte quiere unirse a Grecia.

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