Sunday, February 5

Crispr, la revolución genética que ya nos podemos comer


Madrid
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Hace 3.000 millones de años, las bacterias desarrollaron una defensa muy eficaz contra los virus: cada vez que uno entra en su organismo, guardan parte de su material genético en una especie de ‘biblioteca’, de la que sacan el ‘tomo’ adecuado cada vez que un virus similar intenta infectarlas. Con esta información, buscan en sus cadenas de ADN, cortando la secuencia nociva incrustada y parando la afección de raíz. Un método relativamente sencillo del que, sin embargo, la ciencia se percató hace también relativamente poco tiempo. Fue el español Francis Mojica quien en el verano de 2003 se percató de que se trataba de una suerte de ‘autovacuna natural’ de los bacteriófagos. Lo bautizó como ‘Clustered Regularly Interspaced Short Palindromic Repeats’ (que en castellano significa repeticiones palindrómicas cortas, agrupadas y regularmente interespaciadas), o CRISPR.

Años más tarde, en 2012, las investigadoras Emmanuelle Charpentier y Jennifer Doudna publicaron en ‘
Science
’ la forma de trasladar este mecanismo a otros seres vivos -motivo por el que ganaron el Premio Nobel de Química en 2020-. Este fue el primer capítulo de toda una revolución científica que hoy ya podemos ver. E incluso comer.

Conocido como el ‘corta-pega genético’, la tecnología CRISPR es una especie de ‘tijera’ compuesta por unas guías y una proteína (la más conocida es la Cas9, pero ya se utilizan otras, como la Cas12 o Cas10) que pueden programarse para buscar, unir y cortar una secuencia específica del ADN. Algo que permite editar casi cualquier célula y crear en el laboratorio desde mosquitos portadores de la malaria sin los ‘impulsos genéticos’ que les obligan a picar a las personas, pasando por la modelación de enfermedades en laboratorio para estudiarlas como nunca antes o la (aún) promesa de terapias que eliminen genes que provocan enfermedades.

«Hace unos años habría dicho que todo esto era totalmente imposible», afirma de manera rotunda Lluis Montoliu, investigador del Centro Nacional de Biotecnología del CSIC (CNB-CSIC) y uno de los mayores expertos de la tecnología en España. Explica que su equipo se encontró con CRISPR «por serendipia», un hallazgo afortunado al estar en el sitio y momento correctos: un estudiante italiano que formaba parte de su equipo viajó a Suiza a realizar una estancia temporal justo en el momento en el que esta nueva herramienta aterrizaba. «Aprendió todo lo que pudo y después volvió. Nos cambió la vida». Así pudieron dar salida a experimentos en los que llevaban trabajando dos décadas con otros métodos, mucho más complejos y costosos. «Funcionaba tan bien que al principio no nos lo creíamos. Porque por menos de 100 euros puedes empezar a trabajar. El límite está en la imaginación de los que utilizan esta herramienta», afirma.

El equipo utiliza CRISPR para investigar el albinismo, una enfermedad que conocemos por la falta de pigmentación de quien la padece, pero que manifiesta otros problemas más graves como la baja agudeza visual (la Unión Europea les considera ciegos legales). Montoliu realiza exámenes genéticos a enfermos españoles y sus familias para determinar a qué gen específico afecta (ya que existen hasta 22 tipos), para después crear lo que ha bautizado como ‘ratón avatar’, reproduciendo con exactitud la enfermedad, pudiéndola estudiar en profundidad. «El límite de esta tecnología es la imaginación de quien lo aplica», afirma.

De hecho, ya existen los primeros ensayos clínicos para probar la eficacia de tratamientos de inmunoterapia contra el cáncer, dos enfermedades sanguíneas comunes (anemia falciforme y beta-talasemia), y para la dolencia letal de la amiloidosis por transtiretina. Pero existen decenas de experimentos esperando obtener la luz verde para pruebas en humanos. «No tiene tope. Existen millones de bacterias, y cada una tiene un sistema CRISPR diferente. Y no te tienes que ir a muy lejos para hallarlas: en la maceta de tu balcón tienes miles de candidatas para producir una nueva herramienta, quién sabe con qué particularidad».

Biohackers y peligros

Corría el año 2013 y el biólogo molecular Miguel Ángel Moreno Mateos se trasladó a la Universidad de Yale a realizar su segundo postdoctorado. «Anda, mira esto del CRISPR a ver si tiene buena pinta», le dijo su jefe, el reputado investigador Antonio Giráldez. «Ni sabía qué era -confiesa a ABC Moreno Mateos-, ni imaginaba la revolución de esta herramienta». Su equipo del Centro Andaluz de Biología del Desarrollo investiga sobre los primeros pasos en el desarrollo embrionario utilizando al pez cebra como modelo. «El comienzo depende del óvulo, del aporte materno, que es el encargado de la activación del genoma cigótico que esta callado al principio». Con la tecnología CRISPR activan y desactivan genes para comprender cuál es justamente el origen, ese ‘clic’ que desencadena un nuevo ser vivo.

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Un ser vivo que en el futuro será posible engendrar de forma artificial gracias a esta tecnología genética. De hecho, esta misma semana, científicos chinos afirmaban haber sido capaces de crear
una cría de ratón a partir del óvulo de una hembra que no practicó sexo ni recibió el esperma de un macho, editando su óvulo con esta novedosa técnica. Es el primer caso de partogénesis artificial en mamíferos, algo que hasta hace bien poco se creía imposible.

«Estamos convirtiendo la ciencia ficción en ciencia real», afirma Moreno Mateos, que subraya también la democratización que ha supuesto el sistema, tanto por su sencillez como por su reducido coste: con apenas 100 euros es posible comprar un kit CRISPR. Sin embargo, subraya que a pesar de que sea una auténtica revolución, no va a ser la panacea a todos nuestros problemas: «Va a ser muy difícil tener una pastillita que nos arregle», señala. Y, además, conlleva sus riesgos. El ejemplo más claro fue el caso protagonizado por el investigador chino He Jiankui, quien cruzó todos los límites y modificó con CRISPR varios embriones humanos de los que nacieron tres niñas. Hoy, él esta en la cárcel y poco se sabe de aquellas menores, ‘diseñadas’ para ser resistentes al virus del VIH (objetivo que, según la poca información existente, no se consiguió).

En ese momento, toda la comunidad científica se unió para condenar el experimento por su total falta de ética. La única voz que discrepó fue la del genetista George Church, quien reclamó su «derecho a opinar de forma equilibrada». «Seamos cuantitativos antes de acusar (…) Tenemos cerdos que tienen docenas de mutaciones CRISPR y una cepa de ratón que tiene 40 sitios CRISPR que se activan constantemente, pero no tenemos pruebas de consecuencias negativas», defendía el investigador en una entrevista para ‘
Science
’. Él mismo es el artífice del polémico proyecto de ‘resucitar’ mamuts insertando sus genes en el ADN de un elefante vivo. Pero no con la intención final de revivir a este animal extinto, sino para evitar el cambio climático: su idea es trasladar a estos elefantes lanudos (pues no serían mamuts en realidad, sino un híbrido de elefante actual con características de este animal extinto) a Siberia para que derriben árboles, pisoteen el terreno y construyan así toda una ‘alfombra vegetal’ que proteja al permafrost y frene el deshielo.

«Es una revolución, es cierto. Y esta tecnología tiene un enorme potencial. Pero también tenemos la responsabilidad de educar a la sociedad y enseñarla que ser un ‘biohacker’ no lleva a ningún lado», señala Moreno Mateos.

‘Sabor’ CRISPR

Pero si existen unas áreas en las que las aplicaciones Crispr ya son una realidad palpable (o, más bien, comestible), esas son la ganadería y la agricultura. Entre ellos, corderos y vacas modificados para producir mejor carne, setas que duran más tiempo sin ennegrecerse, manzanas que no se pudren al caer al suelo, tomates que ayudan a controlar la hipertensión o pescado sin espinas, como acaba de lograr un grupo de investigadores en China. Lo han conseguido con el carpín, un pescado muy popular por su carne tierna, pero sus pequeñas espinas intramusculares pueden quedarse atascadas en la garganta y dificultan su procesamiento industrial.

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En España un equipo liderado por Francisco Barro Losada, del Instituto de Agricultura Sostenible del CSIC trabaja en un trigo apto para celíacos. «Inactivamos el gen que genera el gluten; así no se expresa en la planta y el trigo que produce es apto para celiacos», explica a ABC Barro Losada. Matiza que, en realidad, ese trigo no está manipulado genéticamente, sino que se lleva a cabo un rediseño de la planta que crea después el grano. «Es el mismo proceso que lleva haciendo la humanidad durante los últimos 10.000 años; CRISPR solo es un control más fino de todo ese desarrollo». El investigador insiste en que se trata de una herramienta, no un fin. «Es como en la medicina: antes se operaba con serrucho, ahora con bisturí».

Aunque no todos los gobiernos parecen estar de acuerdo en este punto. Mientras que en Japón o EE. UU. casi legislan a la vez que surgen los nuevos adelantos, regulando estos cultivos y su comercialización, la Unión Europea se muestra recelosa: este tipo de alimentos en los que se usa CRISPR se consideran dentro del grupo de los genéticamente modificados (en el mismo saco que los polémicos transgénicos, si bien en caso del ‘cortapega genético’ no se implantan genes, sino que solo se cortan) y su cultivo está prohibido. Aunque no así su importación desde otros países. «Podemos comprarlos, pero no plantarlos aquí y controlar la producción. Estamos perdiendo una oportunidad enorme», afirma Barro Losada, quien por este motivo tiene que realizar sus pruebas en plantaciones de sudamérica. «No tiene sentido porque va a ser la herramienta del futuro: nos permitirá crear cosechas más resistentes al calor o que necesitan menos agua, vital en un contexto de cambio climático. La gente tiene que perder el miedo a la tecnología, está hecha para ayudar».

Guerra de patentes

Con todo esto en juego, no es de extrañar que haya comenzado una guerra por controlar una patente que puede suponer enormes beneficios económicos. Tras una larga batalla legal, la Oficina de Patentes y Marcas de EE.UU. (USPTO) atribuyó hace unas semanas la invención a Feng Zhang, un neurocientífico del Instituto Brad del MIT -que aplica CRISPR en enfermedades psiquiátricas-,
dejando fuera a sus creadoras, Charpentier y Doudna, quienes han perdido los derechos de propiedad intelectual para la comercialización de esta tecnología y la potestad para decidir quién la utilizará, al menos en EE. UU. Contiendas legales aparte, la revolución parece imparable: CRISPR ha llegado para quedarse.

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