Tuesday, February 7

cuando los bombardeos no son el último peligro


La alarma saltó en un hotel de la Junquera (Gerona), junto a la frontera con Francia, donde se presentó un hombre que, tras asegurar ser policía, se interesó por la situación de los refugiados ucranianos que allí se alojaban. Ante la duda, desde Cruz Roja alertaron a los responsables de la comisaría de la ciudad. «Fuimos a hacer las comprobaciones y, efectivamente, era un compañero», explica a ABC su inspector jefe, José Carlos Crespo.

La autopista AP-7 es uno de los caminos del éxodo de ucranianos hacia España. Varios paneles informativos –en

 ambas lenguas– marcan el punto de atención a su llegada. En este espacio, Cruz Roja se encarga, no solo de su avituallamiento, sino también de explicarles el proceso para que puedan acogerse a la protección temporal que, una vez tramitada, en un plazo de 24 horas, les permite residir y trabajar en el territorio. Es una labor vital, con el apoyo de los traductores, para evitar que caigan en manos de redes de trata o explotación.

Tras escapar de los bombardeos rusos, les acechan otros peligros, en ocasiones, como indica el subinspector Javier Arenas, jefe accidental de la Brigada de Extranjería en Gerona, bajo «ofertas de falsa solidaridad», como las de
varias aplicaciones en las que particulares se anuncian para acogerlos en sus domicilios. «Entraña un riesgo, porque al final uno no sabe quien lo está esperando. Siempre es mucho mejor canalizar la atención por los trámites oficiales», señala. Para ello el Cuerpo cuenta con un protocolo de traslado. «Ante cualquier persona ucraniana, o de otra nacionalidad, pero con derecho a este tipo de protección, contactamos con el Ministerio de Inclusión, que también cubre la manutención y el alojamiento», explica el subinspector.

Una vez en destino, la Policía también ha detectado a algunos traductores –en este caso, de origen ruso– que exigían 200 euros por su ayuda para realizar los trámites administrativos. En caso de que el afectado se negase a pagar, lo amenazaban diciéndole que entonces no conseguiría los papeles.

Refugiados ucranianos llegan a la estación de Sants (Barcelona) – ADRIÁN QUIROGA

«Debemos prestar especial atención a los más vulnerables. Madres de familia muy jóvenes, que llegan con sus hijos y que muchas veces no saben a dónde van. En todos los dispositivos, en La Junquera, en la estación de Sants, en el aeropuerto de El Prat o en la Fira de Barcelona, lo tenemos en cuenta. A todos las personas que llegan con contactos les intentamos explicar que es muy importante que los verifiquen, porque a veces tener un teléfono móvil no es suficiente, y esa labor la llevamos a cabo de la mano de los Cuerpos policiales, especializados en detectar posibles riesgos», cuenta Enric Morist, coordinador de Cruz Roja.

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«Las redes de trata aprovechan la quiebra del sistema de protección para sacar sus tentáculos. Si tenemos en cuenta que la mayoría de refugiados ucranianos son mujeres y niños, hablamos de un riesgo altísimo», advierte Rosa Flores, responsable de la Unidad de Trata de la misma entidad.

De hecho, en Cataluña ya se han detectado los primeros casos, según advirtió esta semana la consejera de Igualdad, Tània Verge, aunque las investigaciones de los Mossos d’Esquadra siguen aún abiertas. En cambio, en Madrid ya se ha producido la primera detención. Tal y como
informa Carlos Hidalgo
, se trata de un hombre que trasladaba a dos menores ucranianas con la intención de prostituirlas en Málaga. La Policía arrestó al individuo, del mismo origen que las víctimas, en una estación de autobuses de la capital tras la alerta del voluntario de una oenegé, que viajaba con ellos.

«Los conflictos armados sacan lo peor y lo mejor de la condición humana y entre lo peor está el tráfico de menores y la trata», advierte Morist, uno de los encargados de recibir a los refugiados que llegan a Barcelona en tren, desde la estación de Sants. «Madrid, Puerta de Atocha, vía dos», anuncia la megafonía. Faltan pocos minutos para las cinco de la tarde, y a la escena habitual de pasajeros y su traqueteo de maletas, se une otra menos corriente, aunque se sucede a diario desde hace más de un mes. En un recinto acotado, a pocos metros de la zona de llegadas, un padre cambia el pañal a su bebé, que llora. Cuando el niño se calma, le da la papilla con una cuchara de plástico azul. «Acaban de volver del centro de salud, porque el pequeño tiene otitis», explica Yolanda, también trabajadora de la entidad. Tras un trayecto de más de 10 días, esta familia ha conseguido huir de Ucrania y llegar hasta la capital catalana, que a veces se convierte en destino, y otras tantas, solo es un punto de tránsito.

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La madre de la criatura de pocos meses se encuentra ya en el recinto de la Fira de Barcelona, «arreglando el papeleo». En la estación solo pasan unas horas, hasta que un autobús los traslada a este espacio de acogida provisional. Algunos ni si quiera lo pisan, porque en la ciudad les esperan amigos o familiares.

Pero aquí también han detectado situaciones sospechosas. «Las que nos parecen más peligrosas son las de personas que han establecido algún contacto en el tránsito migratorio. Son precisamente estos movimientos los que aprovechan las redes, especialmente cuando hablamos de familias vulnerables. Por eso, cuando no conocen a ese contacto, tratamos de verificarlo y de darles respuesta en caso de que no se sientan cómodos ante determinados ofrecimientos que son demasiado buenos como para ser ciertos», indica Flores. Detrás se encuentran mafias con fines de explotación sexual, laboral, o también personas que ofrecen ayuda inmediata para tramitar los papeles más rápido, «por el desconocimiento que existe de que el sistema es público y gratuito», recalca.

Desde que comenzó la guerra, hace más de un mes, España ya ha acogido a unos 30.000 refugiados ucranianos, de los que 13.500 se encuentran en Cataluña. La previsión es que el éxodo no deje de aumentar en las próximas semanas. «La tramitación de los papeles es su principal preocupación, porque muchos ya tienen apalabrada una oferta laboral en alguna zona costera», explica el inspector jefe Crespo, al frente de la comisaría de Gerona. Una provincia que cuenta ya con más de 4.300 ucranianos en su censo. Muchos de ellos han aceptado empleos en localidades como Tossa de Mar, Lloret o Blanes, para poder enviar dinero a los familiares que no han huido del país.

Blindar la acogida

La Brigada de Extranjería de la Policía Nacional es la encargada de realizar los trámites para la acogida. Unos trámites que sirven para verificar, por ejemplo, que ninguno de los menores que llega a España ha sido sustraído sin conocimiento o permiso de la familia. «Si vienen acompañados de sus padres, además de tomarles los datos y escanear los pasaportes y la partida de nacimiento, se comprueba la filiación. En caso de que no sean los progenitores, se toman también las huellas dactilares, y se contrastan los permisos con el consulado de Ucrania», relata el subinspector Arenas. Pero éstas no son las única comprobaciones. El primer filtro policial es el que consulta los antecedentes de los solicitantes de protección. «En caso de que exista alguna reclamación judicial sobre la persona, se le da traslado y se tramita la orden de búsqueda y captura», explica el uniformado.

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Contar con dicha protección les aleja de las redes de explotación laboral. El derecho a trabajar, y a estar dados de alta en la seguridad social, evita que caigan en manos de mafias o de ofertas abusivas para regularizar así su situación.

Voluntarios de la Cruz Roja acompañan a un joven ucraniano y a su bebé hasta el autobús, tras llegar a la estación de Sants
Voluntarios de la Cruz Roja acompañan a un joven ucraniano y a su bebé hasta el autobús, tras llegar a la estación de Sants – ADRIÁN QUIROGA

Pero no todos los que huyen de Ucrania tienen derecho a quedarse en España. Es el caso de los que a pesar de residir en el país asediado por Rusia, son originarios de territorios en los que no existe ningún conflicto. Entre ellos, David, un ingeniero brasileño de 30 años, que llevaba cuatro meses en Kiev cuando estalló la guerra. Escapó a pie y, tras varios días caminando, llegó a la frontera con Polonia. Su periplo lo llevó a Praga, Viena, Munich y París, hasta llegar en tren a Barcelona. Su destino final era Madrid, donde tiene amigos, pero una llamada cambió sus planes. «Me llamaron ayer desde Praga, con una oferta de empleo. La he aceptado y ahora me voy hacia allí», cuenta desde el vestíbulo de la estación de Sants, con una mascarilla con los colores de la bandera ucraniana. A pocos metros, en el box de Cruz Roja, el padre sostiene a sus bebé en brazos. Se ha terminado la papilla y ya no llora. Varios voluntarios los escoltan hasta un bus que los dejará en la Fira de Barcelona, para poder pasar así su primera noche lejos del horror.


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