Friday, September 30

«Destruir una capital tiene un valor simbólico inmenso»



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Las ciudades pueden ser lugares desmesurados, pecaminosos, corruptos, tanto como civilizadores, creativos, libres… Los romanos y los grandes imperios las amaban, mientras que el líder mongol Gengis Khan, como muchos tiranos, las odiaba; aborrecía a todos los seres humanos que se habían acomodado entre sus muros de piedra y habían olvidado la satisfacción de vivir al aire libre. Las ciudades debilitan el espíritu del guerrero. Las ciudades matan al animal y dan vida al humano..

El británico Ben Wilson publica en España, de la mano de Debate, un ensayo sobre la capacidad transformadora de las ciudades y su largo idilio con la humanidad. «Las ciudades cambian, se adaptan, evolucionan. La pandemia lo ilustra perfectamente. Las ciudades están formadas por muchas capas del pasado», señala a ABC este historiador de la Universidad de Cambridge.

La guerra en la urbe

‘Metrópolis’ es un recorrido a través de siete mil años de historia, desde el alboroto de Babilonia a la sofisticación del París decimonónico, terminando en la cordillera de rascacielos que inunda hoy el mundo más civilizado. En cuestión de dieciocho años, el número de edificios de más de 150 metros y 40 pisos ha pasado de 600 a 3.251. Se calcula que dos tercios de la población mundial vivirán en ciudades hacia 2050 atraídas por las infinitas oportunidades.

Pero, más allá de sus ventajas económicas y sociales, las ciudades son entornos despiadados, capaces de pervertir el alma, arruinar el bolsillo y llenar de polución los pulmones. Son el peor lugar para estar cuando estalla una guerra y un punto que los tiranos de todos los tiempos siempre quieren borrar. A pesar de que sus generales le recomendaron no atacar Varsovia en 1939, Hitler insistió en arrasar hasta los cimientos la capital polaca, a la que odiaba de manera especial. Según un testigo, el dictador se recreó en «cómo se oscurecerían los cielos, cómo millones de toneladas de bombas lloverían sobre ella, cómo la gente se ahogaría en sangre. Casi se le salían los ojos de las órbitas, se volvió una persona diferente».

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Fotografía de Ben Wilson.
Fotografía de Ben Wilson.

Varsovia sufrió el terror de
los bombardeos aéreos y su destrucción sistemática, pero se levantó de sus cenizas. «La gente que vive en centros urbanos normalmente es gente con una resiliencia alucinante», advierte Wilson al otro lado del teléfono, justo cuando otra gran capital de Europa del Este sufre el asedio de un ejército invasor.

El británico considera que, aunque Kiev sea tomada o arrasada, siempre encontrará la manera de volver a levantar lo que más que moles de hormigón o plazas es «una idea» irreductible: «La historia nos dice que pocas veces las ciudades quedan destruidas por una guerra. Siempre encuentran la manera de responder y, como vemos en Kiev, las personas tienen un gran amor por su ciudad y son incapaces de abandonarlas. Kiev será reconstruida en cuanto tengan oportunidad sus habitantes».

«El deseo de capturar ciudades puede conducir, en última instancia, a la derrota total»

—Hitler estaba obsesionado con invadir Varsovia. Putin parece obsesionado con Kiev. ¿Por qué esta atracción de los dictadores por ellas?

—Los dictadores se sienten atraídos por las ciudades de sus enemigos, a menudo con consecuencias desastrosas. Capturar, ocupar o destruir una ciudad importante, en particular una ciudad capital, tiene un valor simbólico inmenso. Significa la victoria total, control sobre los órganos de gobierno y los tesoros culturales de una nación derrotada. Es un acto de triunfalismo y humillación deliberada que va mucho más allá de lo estratégico. Captura la ciudad y
la moral de tu enemigo se derrumbará. A menudo, esto es delirante. El campo de batalla urbano es excepcionalmente difícil de controlar por completo, incluso si está en ruinas. Como descubrió Hitler en Leningrado y Stalingrado, el deseo de capturar ciudades puede conducir, en última instancia, a la derrota total.

—¿Luchar en un entorno urbano es un reto no resuelto por los ejércitos?

—Sí, y creo que nunca lo van a resolver. Los casos de Stalingrado, Leningrado o Hamburgo en
la Segunda Guerra Mundial ilustran toda la sangre y dolor de la que es capaz de absorber una ciudad. Aunque fueron prácticamente destrozadas, siguieron funcionando a pesar de todo. Desde la Antigüedad hasta Kiev, una ciudad puede ser una trampa mortal para el invasor.

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Vista área de Manhattan en 1971.
Vista área de Manhattan en 1971.

—Hernán Cortés fue responsable de la destrucción de Tenochtitlan, pero también de la construcción de algo más grande. ¿Las ciudades no se destruyen, solo se transforman?

—Lo que es más fascinante de las ciudades es que hay un montón de capas de historia que se pueden descodificar paseando por sus calles. Se puede ver un ejercicio de poder imperial en la Ciudad de México y un deseo de replicar lo que conocían los españoles. La Ciudad de México se creó en torno a un lago y había primero una agricultura muy productiva, que los españoles no tuvieron interés en utilizar. Los europeos no tenían ningún deseo de aprender de estas ciudades o de las asiáticas, mucho más dispersas y seguramente mejores en algunos aspectos. En este sentido, las ciudades con el tiempo se han ido haciendo más homogéneas, con menos diferencias regionales, puras réplicas del modelo europeo. Hay como una aspiración de globalizar y de que todas las ciudades sean cada vez más similares.

—¿Están perdiendo espontaneidad las ciudades europeas?

—Están cada vez más controladas y más vigiladas. Es como si las ciudades fueran centros comerciales, una experiencia comisariada sometida al turismo… A los centros se les está chupando su energía. Están muriendo de éxito debido a los procesos de gentrificación, por un exceso de regulación que hace que se pierda la creatividad y se conviertan en una especie de museos. Pasa en España, en el resto de Europa y hasta en los Estados Árabes. Parece que el centro se haya convertido en un donut vaciado de alma y de vida.

«Es como si los centros de las ciudades modernas fueran una experiencia comisariada sometida al turismo. Son víctimas de su propio éxito»

—Tras la pandemia, la gente ya no se conforma con sobrevivir, sino que quiere vivir en las ciudades. ¿Qué se espera de ellas?

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Si hablamos de la vida urbana, creo que estamos pidiendo muchas cosas que van en contra del modelo convencional en un momento donde las ciudades están bajo muchísima presión para recuperar sus economías. Durante la pandemia, las ciudades han supuesto problemas para la salud mental de la gente, por lo que ahora exigimos que se adapten a nuestras nuevas necesidades, por ejemplo a que la gente trabaje más desde casa y quiera más calidad de vida, no solo un estatus económico mejor. Se espera de las ciudades una vida social mejor en las calles y que sean asequibles desde un punto de vista de alojamiento. Veremos a ver cómo funciona esta adaptación.

—¿Tiene el mundo rural las de perder en su lucha contra lo urbano?

—En mi libro he intentado identificar el origen de la tensión entre la vida rural y la vida urbana. En la cultura judeocristiana, las ciudades eran vistas como lugares peligrosos, focos de pecado y de desorden. La tensión entre lo rural y lo urbano tiene que ver con esos prejuicios y con que en las ciudades se hablan muchos idiomas, se mezclan maneras distintas de hacer las cosas, éticas distintas, valores diferentes… Las ciudades son lugares de riqueza y de poder que despiertan tensiones.

—Usted en el libro advierte de que las ciudades son el problema y, a la vez, la posible solución al cambio climático.

—Reconozco que hay una paradoja ahí. La ciudad de Nueva York consume más recursos que todo el África Subsahariana y ocasiona un evidente daño a su entorno. Las grandes ciudades fragmentan la biodiversidad, la naturaleza y son más vulnerables en caso de desastres. Sin embargo, la ciudad también puede ser una solución si dejamos a la naturaleza crecer en los lugares abandonados, si creamos más zonas verdes… Si pensamos en la economía de escala, se puede hacer que los recursos sean más eficientes y se desarrolle una economía circular. Además, una ciudad tiene mayor capacidad de adaptación que los estados nación, puede gestionar mejor sus recursos y ser laboratorio de cambios e innovaciones.

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