Monday, November 28

El cambio hormonal y la adicción a los videojuegos en el parricida de Elche



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Explicaciones psicológicas no hay ninguna para que un adolescente de 15 años asesine a toda su familia directa, sus padres y su hermano pequeño, como ocurrió hace unos días en Elche, a raíz de una discusión porque le iban a cortar el wifi. En cuántas ocasiones, ante otros crímenes múltiples similares, el comentario del entorno ha sido el de «era una familia normal».

Y ahí radica probablemente la repercusión que ha suscitado este terrible suceso: podría pasar en cualquier hogar, sin antecedentes de violencia ni conflictos importantes, como era este caso. Aunque Santiago estuviera enganchado al videojuego Fortnite o le hubieran recomendado en su instituto la lectura de una novela en la que un joven mata a su padre,

 los psicólogos rechazan que esa afición pueda mover a nadie a cometer un crimen.

Consternación y escenas de dolor en el sepelio del matrimonio y el hijo asesinados en Elche – JUAN CARLOS SOLER

Se dan «múltiples factores» en un sujeto para que su comportamiento degenere hasta tal extremo y, en este caso, influye más la explosión hormonal propia de la adolescencia. Pero también influye la respuesta endocrina que «tiene que ver en ocasiones con su reacción muchas veces explosiva, irascible o ciclotímica; pasan del llanto a la alegría porque hay un baile de hormonas», tal como explica Beatriz de Vicente de Castro, abogada penalista, criminóloga y Máster en Investigación y Análisis Criminal. En cambio, la adicción del móvil y a estar conectado –la nomofobia– puede contribuir únicamente como «detonante», pero no considerarse el resorte, la causa de pasar a la violencia, según esta especialista, corroborada por Vicente Garrido, criminólogo y catedrático de la Universidad de Valencia: «Los videojuegos no construyen una personalidad».

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Además, a esas edades el córtex prefrontal del cerebro no se ha desarrollado aún y se trata de la zona de la que dependen la ética y la moral, por lo que los adolescentes «no elaboran los conceptos de responsabilidad y asunción de culpa», no son conscientes de sus actos como un adulto. «El sistema nervioso sigue madurando hasta los veinte años», apostilla Garrido.

Un hogar de trabajadores

El retrato robot de esta familia destruida encaja con miles de hogares de trabajadores sin problemas de convivencia. El padre, Jaime, tenía 51 años de edad y trabajaba en una empresa de mantenimiento de señales de tráfico con contratos para el Ayuntamiento de Elche. Además, la economía doméstica se complementaba con una actividad agraria en la propia casa, enclavada en el vasto Campo de Elche, en una finca como cientos iguales en la zona, con naranjos y granados. En la tienda más cercana, a menos de un kilómetro de distancia, conocían a Jaime y a su padre, abuelo del autor del triple crimen, clientes asiduos de esta tienda de suministros desde hace varias décadas para poder contar el material en sus huertos. «Era una familia de trabajadores y por lo que me cuentan compañeros que iban al colegio con el chico, era más bien parado», explica Javier, uno de los responsables de este comercio.

En ese pluriempleo de Jaime, también se implicaba su mujer, Encarni, que precisamente había conminado a su hijo adolescente a participar en las tareas del campo, en lugar de pasar tantas horas frente a la pantalla de la videoconsola, lo que –según ella– había provocado sus malas notas. Tristemente, estas instalaciones para el trabajo agrícola sirvieron para que Santiago pudiera alejar de su vista los tres cadáveres, que apiló en el cobertizo y siguió jugando en su habitación tres días, hasta ser descubierto.

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Su confesión a una tía materna, preocupada porque no tenía noticias de su hermana y su cuñado, refleja también una conducta obsesiva con el móvil: cuando ella no se creyó que «estaban todos durmiendo», viéndose ya acorralado, hizo una foto con el teléfono a los tres cuerpos sin vida y se la enseñó («He matado al papá, a la mamá y a mi hermano»). El interrogatorio posterior dejó estupefactos a los investigadores policiales, por la «frialdad» y la falta de «remordimientos» en un relato lleno de detalles que encajaban con las pruebas y que hicieron descartar una reconstrucción de los hechos. No hacía falta. Santiago ha sido internado en un centro de menores con medidas socioeducativas al menos durante cinco años.

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