Wednesday, December 7

«Ispaniya? Ispaniya?». Igor, el mayor que busca hueco en un autobús para huir a España


Enviada especial a Polonia
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A medianoche, la aldea polaca de Mlyny está en calma. Ángel Navarro, un voluntario de 45 años, espera a que dos mujeres y dos niños gemelos lleguen al viejo centro comercial tras horas y horas de viaje en autobús. Ni él habla ucraniano, ni ellos español, pero un
soldado sonriente ayuda a identificarlos según entran en el complejo plateado, donde los escaparates se han vaciado y los pasillos se han rellenado con camastros. La conversación es gestual y Ángel los guía entre hileras de refugiados envueltos en mantas para que descansen a unos pocos metros de su colchón. El trasiego silencioso de los últimos en huir de la guerra apenas altera la madrugada en uno de los centros de acogida más grandes de Polonia.

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«Ispaniya? Ispaniya?», pregunta un hombre mayor bajo los focos perennes de la enorme nave. Un policía se ofrece de intérprete: se llama Igor y busca un hueco para él y su mujer en un autobús con destino a Alicante. El policía le indica que tendrá que esperar a la mañana, cuando
la red de voluntarios desplegada en Mlyny pueda gestionar su partida. Igor sonríe y agradece repetidamente. El centro, donde desemboca una de las cuatro autopistas que conectan Polonia y Ucrania, es un lugar de paso de miles de refugiados. En los primeros días del éxodo ucraniano acogió bajo su techo a más de 6.000 personas; ahora son unas 2.000.

La frontera se abre y se cierra, como los corredores humanitarios que atraviesan Ucrania, y Mlyny vive picos y valles. Pero el flujo de refugiados es constante: cada día, unos 80.000 ucranianos cruzan a Polonia (eran 100.000 la semana pasada), según calcula el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur). Una anciana se enjuga las lágrimas con un pañuelo mientras los voluntarios le enseñan su cama; una niña con un abrigo lila agita un conejo de peluche junto a su madre, que sacude las mantas; una adolescente con el pelo fucsia y poco equipaje observa a su alrededor con los ojos enrojecidos. Hay situaciones «impactantes», es el adjetivo que elige Myrian González, al frente de una de las asociaciones de voluntarios, Yùhé, encargadas de poner orden al caos.

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«Estamos tratando con personas que están afectadas, que han sufrido emociones primarias, como el miedo. También hay cierta desconfianza, temor, preocupación, están desconsoladas y a veces en un estado de pánico, y hay que tener las herramientas para poder sostenerlas», describe González, que solo en 24 horas en Mlyny ha podido coordinar con otras asociaciones y ONG el traslado a Valencia de 90 refugiados. Aunque Alemania y Francia son los destinos más solicitados, muchos ucranianos marchan a España, la mayoría porque tienen allí familiares.

El centro comercial está dividido en distintas áreas. Hay un pabellón exclusivo para madres y niños, el único donde las luces se apagan por la noche, y lo que fueran los
locales de antiguos comercios están guarecidos por sus persianas de metal. La parte trasera es un almacén atestado de palés con enseres y montañas de ropa y zapatos en las que rebuscan los ucranianos. Juan Garrigues ha trabajado las últimas 48 horas en el punto médico del complejo, un rincón repleto de medicinas donde los voluntarios hacen turnos de 12 horas. «Lo que más necesitan es ansiolíticos, las mujeres dicen que les duele la cabeza, pero lo que tienen es un estrés brutal», cuenta este joven madrileño que estudia Medicina en Berlín. Hace 48 horas que empezó sus vacaciones y las pasará en la nave que nunca duerme.

Norma básica: documentación

El afán solidario de quienes se ponen al volante para recoger a ucranianos por su cuenta en la frontera choca con el esfuerzo de los voluntarios por establecer canales organizados y seguros. «Tenemos que hacerlo bien, con papeles y documentación; si no, es tráfico de personas», señala otro miembro de Yùhé, Nico Sciabbarrasi, un argentino de 32 años que vive en Valencia. El protocolo del Gobierno polaco empieza con la recepción de personas en los centros de primera acogida como Mlyny, refugios a corto plazo donde descansar del viaje y recibir atención médica, para después continuar hacia ciudades interiores y más grandes en las que los refugiados pueden permanecer durante más tiempo.

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En la práctica, hay lagunas. «Cauces oficiales actualmente no hay», asegura Myrian González, «no hay ningún campamento de Cruz Roja y a nivel gubernamental no hay nada». Gran parte de las gestiones recaen en asociaciones privadas e individuos solidarios, que intentan
formalizar el traslado de refugiados con una norma básica: «Ninguna persona viaja sin documentación», puntualiza Myrian, cuya asociación ha diseñado un código QR para facilitar toda la información en ucraniano relativa a los servicios sociales, casas de acogida y trámites a seguir en España. Esos trámites identificativos que hay que comunicar siempre a las autoridades los controlan también los voluntarios en 4×4 que acuden al rescate de refugiados que quieren venir a nuestro país, y con los que se traslada este diario.

El miércoles, un hombre alto y serio paseaba por los pasillos-dormitorio del centro de Mlyny. Matt Saltmarsh, portavoz global de Acnur, ha comprobado en los últimos días el estado de los distintos puntos de recepción de refugiados de Polonia y su impresión es que el viejo centro comercial «está bien estructurado, no está al 100% de capacidad y hay suficiente comida, mantas, camas…». El control de los conductores esporádicos que transportan personas es más estricto. «Los voluntarios que vienen tienen que registrarse y ser chequeados por las autoridades polacas, así que antes de recoger a ningún refugiado se les requiere información y hay un sistema de rastreo», sostiene.

La Organización de las Naciones Unidas, que envía suministros a Ucrania desde un almacén en Polonia, trabaja en una línea de ayudas para financiar a los refugiados hasta que consigan registrarse en los servicios sociales polacos, así como en la distribución de fondos entre los países de acogida. «Los voluntarios polacos e internacionales y el Gobierno polaco están haciendo muy buen trabajo en la fase inicial de bienvenida», afirma Saltmarsh, «diferentes cuestiones surgen de cara al largo plazo». Integración, servicios sociales, trabajo; la solidaridad trasciende la frontera.

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