Thursday, December 1

José F. Peláez: Inmensamente libres



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Antes, el mal estaba localizado, jugaba los juegos olímpicos bajo las siglas CCCP y los de este lado no sólo estábamos en la parte buena, sino que además sabíamos que lo estábamos. Esa es la clave: vivíamos como unos afortunados porque éramos unos afortunados. Habíamos tenido la inmensa suerte de vivir en una Europa sin comunistas y en una España sin fascistas. Porque eso es solo suerte, una buena tirada de dados y, por lo tanto, solo nos queda dar gracias a Dios cada mañana por el regalo. En eso estamos todos de acuerdo excepto cuatro analfabetos y todos los astrólogos: nadie puede sentirse diferente -mejor- solo por haber nacido en un lugar o en un momento determinado. La identidad

 no viene de serie como el airbag, chico. Y las cuatro dimensiones transcienden tu voluntad. La realidad es que la fortuna se puso de nuestro lado haciéndonos crecer en un lugar con democracia, libertad y crecimiento económico. Y, sobre todo, viviendo la época más larga de paz que España ha vivido nunca. Ninguna generación puede decir lo mismo, somos una anomalía histórica, una anécdota estadística, los reflejos del sol en el estanque del Retiro.

Después llegó la vulgaridad. Y, con ella, la mediocridad, los rostros como el grito de Munch y la palidez de las miradas por la calle. El progreso y el amor brillan más cuando son nuevos. Pero, cuando te acostumbras, son solo una fábrica de melancolía, que no es lo mismo que nostalgia, porque no duele. El sueño del bienestar produce monstruos. Y llega la depresión, la frustración y el desánimo. Nada hay tan duro como la vida fácil. Pero dale a ese chaval un sueño, una lucha y una dificultad y, de modo instantáneo le habrás dado un motivo. Y pasa lo que pasa, que cuando alguien tiene un motivo, ya no tiene tristeza, solo tiene prisa por vivir y por crear, por hacer algo con su libertad y su fortuna.

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Y yo les cuento todo esto hoy porque no puedo evitar pensar que esto ya lo hemos vivido. Rusia invade Ucrania. Si nadie hace nada, después llegarán otras repúblicas. Y otro telón. Y volveremos a ver a todas esas Nikitas paseándose con su ushanka, su Kalashnikov y su terrible belleza gélida al otro lado del muro de la dignidad. Todas machacadas por el comunismo, o por el fascismo, o por solo Dios sabe qué tipo de romanticismo. Todo nacionalismo surge como un hilo de baba y termina en un charco de sangre. Y todos los sátrapas son el mismo, solo cambia el acento. Ojalá estemos despiertos, atentos y sepamos abrir los ojos a los jóvenes para que vean de qué va el mundo, cómo es la realidad más allá de la insustancialidad y de las miserias con sacarina. Y cuando descifren por sí mismos lo afortunados que somos, cuando el mal vuelva a estar localizado en un punto concreto, lo miren a los ojos y vean que no es este, la sonrisa llegará como una campanada. Y agarrarán de las solapas a la primavera y se fundirán hasta el último segundo celebrando la vida, la libertad y el talento que nos quede. Terriblemente solos. Inmensamente libres.

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