Saturday, April 20

La ignorada ciudad que Putin redujo a ruinas: «Hiroshima es la palabra que viene a los labios»


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Los rusos se preparan para asediar Kiev en lo que se antoja un largo cerco, muy lejos de
la guerra relámpago que Vladimir Putin había imaginado o de la guerra de liberación que tal vez deseaban los más optimistas. Los asedios urbanos en el siglo XXI exigen una movilización de recursos militares y una cantidad de bombas arrojadas que prometen bañar de sangre la capital ucraniana. Porque una ciudad es capaz de absorber una infinita capacidad de dolor y siempre resulta un campo de batalla excepcionalmente difícil de controlar por completo, incluso si está en ruinas.

Lo comprobó Alepo, en Siria, durante cuatro años de lucha entre las Fuerzas Armadas de Siria y los distintos grupos rebeldes e islamistas.

Y también Grozni, a principios de siglo, hasta recibir el infausto título de «la ciudad más destruida de la Tierra», según la ONU. Entre finales de 1999 y comienzos de 2000, el ejército ruso asedió la capital chechena con el objetivo de acabar definitivamente con los rebeldes, no más de 6.000, que se escondían entre sus ruinas. Además de muchos meses, el Ejército ruso necesitó movilizar 50.000 hombres y todo su poder artillero para vencer a los escurridizos chechenos, tachados de fanáticos islamistas, que se movían por los edificios derruidos como si fueran toboganes y utilizaban las alcantarillas para saltar sobre la retaguardia rusa.

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«
Los generales del extinto Ejército soviético se disponen a borrar del mapa a la capital chechena mediante bombardeos masivos», anunciaba el editorial de ABC del 7 de diciembre de 1999, que recordaba que esta operación ocurría solo seis meses después de que la OTAN se embarcara en una operación militar para proteger a la minoría albanesa de la antigua Yugoslavia y coincidía con el Consejo Europeo de Helsinki, cuyo principal asunto de debate será precisamente la seguridad y defensa europeas. «Ni el nuevo concepto estratégico aprobado por la OTAN en abril, que la faculta para operar más allá de sus fronteras, ni la naciente doctrina de injerencia humanitaria, ni la balbuceante Identidad de Defensa Europea, van a servirles de mucho a las mujeres, niños y ancianos afectados en Chechenia por el ultimátum de un Gobierno que esgrime 5.972 cabezas nucleares con las que seguir ‘disuadiendo’ a Occidente de toda tentativa de auxilio», concluía la pieza de opinión.

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Antes de comenzar la batalla en diciembre de 1999, la mayoría de los civiles abandonaron la ciudad, quedando dentro únicamente de 20.000 a 30.000 personas. El Estado Mayor habilitó un corredor en el flanco noroeste del cerco y avisó de que quien no lo usara en los siguientes días «serían considerados terroristas y eliminados mediante la artillería y la aviación. No habrá negociación. Todos los que no hayan dejado la ciudad morirán». Sin embargo, ni siquiera el reducido plazo se consumió del todo…

Antes de que expirara el alto el fuego decretado por las autoridades de Moscú para facilitar la salida de los civiles de la capital chechena, la artillería y la aviación rusas abrieron fuego sobre los convoyes de refugiados que huían de Grozni, según denunciaron las organizaciones humanitarias. El presidente ruso en ese momento, Boris Yeltsin, justificó la intervención militar en la capital debido a que los separatistas deseaba que Chechenia volviera a la Edad Media y a la necesidad de frenar sus atentados por toda Rusia.

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«Moscú rechazó ayer la amenaza de sanciones económicas y acusó a Occidente de utilizar el chantaje intervencionista. Todos los líderes occidentales coinciden en que el ultimátum ruso a Grozni es ‘intolerable’, pero insisten en que la solución sólo puede ser política», informó ABC el día 8 de diciembre, justo cuando el presidente ruso viajaba a Pekín a firmar con el Gobierno chino un pacto para «intervenir como fuerza unida en la seguridad y estabilidad del mundo». Según el ministro ruso de Asuntos Exteriores, Igor Ivanov, el presidente chino apoyaba «totalmente la acción de Rusia encaminada a combatir el terrorismo y el extremismo en el Cáucaso Norte».

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La ofensiva sobre Chechenia tuvo lugar al mismo tiempo que Yeltsin caía en desgracia y su primer ministro, un tal
Vladimir Putin, ascendía como la mano fuerte que sí se iba a atrever a llevar el cerco hasta sus últimas consecuencias.

Hasta el final

Yeltsin prometió que Rusia tomaría la capital chechena en diez días. Luego, dijo que necesitaría un mes… Cuando este plazo tampoco parecía posible de cumplirse, Yeltsin hizo un sorpresivo anuncio de su renuncia, dejando la presidencia en manos de
Vladímir Putin. En paralelo comenzaron las dimisiones y los cambios de estrategia. «Dos semanas después del comienzo del asalto a Grozni, el mando ruso reconoció ayer su fracaso en la campaña al anunciar la suspensión provisional de la operación y relevar a los comandantes en jefe de las fuerzas federales en los frentes oeste y este, principales responsables de la ofensiva. Las guerrillas separatistas no sólo resisten los embates de las tropas de Moscú, sino que incluso han lanzado varios contraataques con éxito en los últimos días», informaba el diario madrileño el 8 de enero del año 2000, cuando los combates encarnizados, cuerpo a cuerpo y casa por casa, obligaron a los rusos a lanzar todo su violencia artillera sobre las ruinas de las ruinas de la ciudad.

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El uso indiscriminado de misiles balísticos (SCUD, OTR-21 Tochka), los explosivos, los ataques aéreos y el uso de milicias prorrusas desgastaron a los rebeldes chechenos, pero también causaron un sangriento goteo de bajas entre los civiles. «Por supuesto, la población civil ha sido la que ha sufrido las consecuencias del juego de poder entre los dirigentes rusos y chechenos. La ciudad martirizada es una muestra palpable de la desgracia de ser peón en el tablero, culpable de haber nacido en una región situada en medio de intereses cruzados», describió DiegoMerry del Val, enviado especial a una ciudad donde «prácticamente todos los edificios han dejado de existir y el paisaje está formado por una masa gris de escombros y ruinas que se extiende hasta donde alcanza la vista. Hiroshima es la palabra que viene a los labios de los reporteros que contemplan el espectáculo».

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Salvando las distancias, resulta difícil no encontrar similitudes entre el conflicto de Chechenia y el de Ucrania. Igual que ahora, Rusia amenazó con usar su potencial nuclear frente a las sanciones internacionales y también entonces un general destacado, Mijail Malofieyev, del 58 Ejército de la Región Militar del Cáucaso Norte, fue alcanzado por un francotirador enemigo. Asimismo, estuvo presente durante la campaña el característico caos que acompaña cualquier operación de las fuerzas rusas a lo largo de los siglos y que sirve de poco cuando de matar moscas a cañonazos se trata.

Los chechenos abrieron centenares de trincheras y zanjas antitanques, búnkeres construidos detrás de edificios de apartamentos, minas terrestres sembradas en toda la ciudad, nidos de francotiradores en edificios altos y con rutas de escape preparadas haciendo muy caro cada metro ganado. Y, si bien Grozni terminó por caer el 2 de febrero, el conflicto se alargó nueve años, hasta convertir la palabra Chechenia en una palabra maldita en los diccionarios rusos y sacar a la luz todas las carencias del ejército de Putin.

«Chechenia está demostrando que
el Ejército ruso está anticuado en doctrina y estrategia, que ha evidenciado errores de inteligencia respecto al adversario, que su armamento no está en las mejores condiciones y que su moral de combate es escasa, salvo para la destrucción masiva y el castigo indiscriminado. Con esas variantes se asemeja más a un ejército decimonónico aunque posea armas nucleares», opinaba Julio Trujillo en las páginas de ABC del 23 de enero.

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