Monday, November 28

La necesidad de una paz justa


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Una cosa es vetar el paraguas de la OTAN para impedir la escalada nuclear y otra que el sacrificio de los ucranianos no obtenga premio sino castigo adicional

EFE

Al desistir públicamente del ingreso de Ucrania en la OTAN, Zelenski quería allanar el camino de la negociación para acortar el conflicto sin renunciar a su lucha, que es la legítima. A las pocas horas trascendía el fruto de ese desistimiento en forma de un presunto principio de acuerdo entre el invasor y el invadido que podría fijarse así: Rusia retiraría sus tropas a cambio de una neutralidad efectiva de Ucrania. Es decir, de que Kiev renuncie a pertenecer a la UE y a la OTAN. Para completa

r el acercamiento, Moscú reconocería a Zelenski como presidente legítimo y propondría para Ucrania un estatus parecido al que Suecia mantiene con Bruselas.

Pero parecía difícil hablar de acuerdo y de cese de las hostilidades mientras las bombas de Putin seguían cayendo sobre civiles y mientras Zelenski se dirigía al Capitolio de los Estados Unidos para suplicar ayuda militar a la primera potencia del mundo con

un discurso desesperado y poderoso a la vez, de innegables resonancias históricas

. «Rusia ha convertido el cielo de Ucrania en una fuente de muerte», dijo Zelenski. Y volvió a pedir armas, aviones de combate y una zona de exclusión aérea sobre Ucrania que Biden, si bien aceptó enviar armas de largo alcance, volvió a descartar con buenas razones. Porque tan acuciante es el sufrimiento del país agredido, que se defiende en inferioridad de condiciones militares, como verosímil es

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en el caso de que la declaración de zona de exclusión aérea obligara a las defensas de la OTAN a derribar un caza ruso que incursione en cielo ucraniano. Eso trató de explicar Biden a Zelenski, cuyo coraje es un ejemplo para el mundo libre.

La guerra será larga, avisa EEUU, y el dilema está servido. El hipotético acuerdo quería ofrecer esperanzas pero comportaba igualmente sacrificios muy duros. No cabe mejor noticia que el alto el fuego, el freno a la sangría de muerte que nos estremece a diario. Ahora bien,

una paz falsa, además de una afrenta a quienes dieron su vida por la causa de la libertad, no es una paz duradera.

Es imposible creer en la palabra de Putin después de lo que ha hecho. ¿Qué garantías tendrán los ucranianos de que su integridad territorial será respetada? ¿Y desde cuándo el derecho de una democracia soberana a elegir su propio destino no depende de la libre voluntad de su pueblo sino del capricho esencialista de un tirano nostálgico del imperialismo soviético? ¿Es justo imponer a los ucranianos la renuncia a ser europeos de pleno derecho, acreedores al ingreso en la Unión por la que han entregado su vida, por evitar enfadar más a Putin?

Quizá la perspectiva de quiebra de la economía rusa, la presión discreta de China y la heroica resistencia ucraniana abaraten al fin las exigencias del sátrapa, pero confiar en que se conformará con la renuncia a la OTAN y a la UE de Zelenski parece utópico. Al margen del apaño diplomático que pretenda tras su crimen, Putin no puede quedar sin castigo, empezando por su puesta a disposición de la Corte Penal Internacional.

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No habrá paz para Europa mientras Putin conserve su poder.

Una cosa es vetar el paraguas de la OTAN para impedir la escalada nuclear y otra que el sacrificio de los ucranianos no obtenga premio sino castigo adicional.

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