Tuesday, February 7

los fallidos experimentos anglosajones que inspiran el plan de Boris Johnson



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Los políticos hablan y no solo sube el pan, también se sube la historia, aunque sea por las paredes… Frente a la sorprendente noticia de que el Reino Unido deportará a Ruanda a los solicitantes de asilo que crucen el Canal de la Mancha como parte de un acuerdo millonario con el gobierno de este país africano, solo puede hablar la historia para recordar que cada vez que el mundo anglosajón ha metido la mano en África ha sido para complicarlo todo.

Si el historial del Gobierno de Ruanda y su presidente, Paul Kagame, en cuanto a protección de los Derechos Humanos es como poco cuestionable, más aterrador aún es el legado del Reino Unido en la región donde ahora quiere aparcar a los inmigrantes en una medida de dudosa legalidad y que ha mostrado sus fallos en experiencias similares.

Ruanda y Uganda ya recibieron en fechas recientes deportados desde Israel, que envió a unas 4.000 personas bajo este esquema de «salida voluntaria» entre 2014 y 2017. La gran mayoría de estos abandonaron el país casi de inmediato y muchos intentaron regresar a Europa a través de rutas ilegales. La falta de recursos o incluso de voluntad para acoger las deportaciones estuvo entre
las causas de este fracaso.

No obstante, más atrás en el tiempo los británicos ya intentaron usar sus colonias africanas para deportar a poblaciones enteras. A principios del siglo XX, el Imperio británico consideró asentar a los judíos en Uganda, que entonces pertenecía a Kenia. El programa contó con el apoyo del líder sionista Theodor Herzl para convertir está región en refugio temporal de judíos europeos que huían del antisemitismo y volvió a ser resucitado por Winston Churchill durante la Segunda Guerra Mundial.

Un lugar libre para los esclavos

Para el Imperio británico y
otras potencias occidentales, África era por entonces el lugar de su recreo, donde podían disponer a su voluntad de terceros países o crearlos desde cero para lavar sus trapos sucios o esconder sus miserias. Entre 1662 y 1833, Gran Bretaña transportó tres millones y medio de esclavos africanos hacia Europa y América. Esta deleznable actividad, regulada por la Real Compañía Africana, se valía de acuerdos con tribus y negreros de la costa, que suministraban a los británicos y a otras naciones europeas personas capturadas en el interior de África.

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A finales del siglo XIX, el aumento del movimiento antiesclavista en el país que hoy gobierna
Boris Johnson forzó a las autoridades a renunciar progresivamente al tráfico de personas e inició un debate nacional sobre la manera de devolver a los esclavos a África. Después de muchas discusiones, los líderes abolicionistas eligieron un territorio recientemente adquirido, lo que hoy es Sierra Leona, como la futura patria de estos hombres y mujeres libres.

Mapa de Sierra Leona de 1732.
Mapa de Sierra Leona de 1732.

Sierra Leona, una región que había servido a piratas y esclavistas de todo pelaje durante siglos, pasó de la noche a la mañana a ser un símbolo de esperanza para los africanos retornados. El líder abolicionista Granville Sharp compró a los jefes de distintas etnias un territorio de 250 km² e instaló allí a una primera sociedad de agricultores que, a pesar de la buena voluntad de la obra, se convirtió pronto en un lucrativo negocio colonial para Londres. En el siguiente medio siglo desembarcaron 70.000 esclavos en la capital, Freetown (Pueblo Ciudad), a los que se sumó la migración de gentes indígenas desde el interior del país. En 1808, pasó a ser legalmente una colonia del imperio británico.

Sierra Leona se fusionaría con Gambia y Costa de Oro (hoy llamada Ghana), otro de los territorios que Boris Johnson sopesa para sus planes de deportación, con el objeto de crear el llamado África Occidental Británica. Los esclavos liberados no dejaron de crecer en los siguientes años y de ganar independencia. Sin embargo, esta colonia no logró desembarazarse de la tutela británica hasta 1961, año en el que comenzó su proceso de emancipación plena. Los criollos, los británicos y los comerciantes de origen sirio-libanés retuvieron el poder económico, aunque perdieron el político. En 1971, Siaka Stevens del All People’s Congress rompió los últimos lazos con Gran Bretaña, proclamando la República y convirtiéndose en presidente.

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Esta colonia británica no logró desembarazarse de la tutela británica hasta 1961, año en el que comenzó la independencia

El final de la presencia británica en Sierra Leona marcó el ocaso de su imperio africano, donde en el momento de mayor apogeo
el Reino Unido llegó a controlar más del 30%. Sudáfrica, Egipto, Sudán, Uganda, Nigeria fueron algunas de las piezas manejadas por Londres. Lo que hoy persiste por parte de los británicos es su influencia en terceros países.

Liberia, una creación estadounidense

Estados Unidos se vanagloria por su candente pasado (nació siendo una colonia rebelde) de haber evitado las estructuras típicamente imperiales a lo largo de la historia. Sin embargo, que no tuvieran territorios coloniales (el caso de Hawaii, Puerto Rico y antes Filipinas ponen en duda está afirmación) no significa que no hayan ejercido su control sobre terceros países de forma abusiva. La historia de Liberia, país situado en la costa oeste de África, es buen ejemplo de ello.

Este país nació originalmente, siguiendo el proyecto de Sierra Leona, como lugar de destino para los esclavos africanos de EEUU. En 1822 la Sociedad Estadounidense de Colonización marcó Liberia como lugar donde enviar a esclavos afroamericanos liberados. Los afroamericanos emigraron gradualmente a la colonia bajo el convencimiento de que la convivencia entre el hombre blanco y el negro era imposible, afirmación sostenido incluso por líderes antiesclavista como Abraham Lincoln, que defendía la deportación a Honduras, Guinea o la colonia holandesa de Surinam, entre otros destinos, como «un acto de generosidad».

El presidente liberiano Edwin Barclay junto con el presidente estadounidense Franklin D. Roosevelt
El presidente liberiano Edwin Barclay junto con el presidente estadounidense Franklin D. Roosevelt

Sin embargo, la «tierra prometida» de Liberia no fue lo esperado para los esclavos libres, que tuvieron graves problemas para integrarse en la sociedad africana. Una vez en África se referían a sí mismos como «americanos» y se les reconocía también así por las autoridades coloniales de la vecina Sierra Leona. Pronto surgieron tensiones jamás resueltas entre los venidos de América (
menos del 5% de la población actual) y los nativos africanos, que eran vistos como «incivilizados» e inferiores por los otros.

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La fundación de Liberia recibió el apoyo económico de grupos religiosos y filantrópicos de Estados Unidos, y disfrutó de la cooperación del Gobierno estadounidense, que en 1819 asignó 100.000 dólares para el establecimiento de este estado. La propia organización política y simbólica del Estado liberiano, desde su bandera a su escudo de armas, reflejó sus profundos vínculos con EE.UU., especialmente con los estados sureños.

Este pasado en común con EE.UU. hansupuesto muchas ventajas para este país pero también ha hecho que el Tío Sam nunca haya perdido la oportunidad de influir en su política interna. Esto se ha traducido en préstamos que duran hasta hoy, bases militares en Liberia y en qué la compañía estadounidense de caucho Firestone estableciera allí la plantación de caucho más grande del mundo. Desde la Guerra Fría, el país africano ha sido un lugar fundamental para la batalla librada por los servicios de inteligencia americanos contra el bloque soviético y otras potencias que
mueven sus hilos por África.

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