Sunday, October 2

Pedro García Cuartango: Vanitas vanitatis



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Los vítores, los aplausos y los abrazos al vencedor en el congreso del PP contrastan con el silencio y la indiferencia con la que Pablo Casado ha tenido que abandonar su cargo. Un trago muy amargo para quien hasta hace muy poco tiempo las encuestas le colocaban muy cerca de ganar las elecciones mientras era ensalzado por la mayoría de los dirigentes del partido.

Toda una lección de modestia y relatividad que evidencia la fugacidad del éxito y la fragilidad de la condición humana. Esto ya lo sabían los clásicos. La expresión latina vanitas vanitatis sintetiza el carácter efímero de la gloria y la suerte cambiante del destino.

Casado ha cometido muchos errores, pero no se merecía una salida tan

 humillante como se le ha dado. Y no hablemos de Teodoro García Egea, al que no se le ha visto en Sevilla y al que se le ha tratado como un apestado. Muchos colaboradores cercanos les volvieron la espalda y aceleraron su caída.

Nada nuevo bajo el sol porque el fracaso es contagioso y nadie quiere estar con el perdedor. Le sucedió a Churchill que, tras ganar una guerra, tuvo que retirarse a su casa de campo ante la indiferencia generalizada. Le quedaron unos pocos amigos, pero su propio partido le volvió la espalda.

Casado no es Churchill, pero ha dado lo mejor de sí mismo para salvar al PP de la profunda crisis en la que estaba sumido tras la moción de censura contra Rajoy. No es un líder tan malo como se dice ahora, ni era tan bueno como se decía cuando estaba en Génova.

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Los partidos son una maquinaria cuyo engranaje se mueve por las expectativas de llegar al poder. Sus líderes no son medidos por su coherencia ideológica o por sus cualidades personales sino por su habilidad para captar votos. Núñez Feijóo, que ha demostrado ser un buen gestor, ha ganado cuatro elecciones y es el mejor candidato en el PP para derrotar a Sánchez.

Pero la suerte es cambiante y el futuro resulta imprevisible. Las lanzas se pueden tornar cañas si las circunstancias que ahora le son favorables se vuelven adversas. La política es volátil e incierta. Pocos creían que Rusia invadiría Ucrania y tampoco nadie supo prever la irrupción de la devastadora pandemia.

Falta probablemente más de un año para las elecciones generales y en este lapso pueden pasar muchas cosas. Por tanto, como señalaba Maquiavelo, el éxito o el fracaso de una política está siempre ligado al momentum, o sea, al tiempo. Las circunstancias son las que mandan.

Esto es tan verdad para Núñez Feijóo como para Pedro Sánchez. Ninguno de los dos puede conocer el futuro ni prever acontecimientos como el alcance y los efectos de esta crisis económica. Los líderes cada vez son más dependientes de factores que no controlan. Casado sabe ya que se puede pasar del todo a la nada en cinco minutos. Einstein afirmaba que le costaba creer que Dios jugara a los dados, pero esto es lo que sucede en la vida y en la política.

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