Tuesday, February 27

Putin jubila el colchón de Sánchez


Si Pablo Casado no hubiese llevado tan mal su conflicto con Ayuso, hoy estaría oteando desde la luminosa séptima planta de Génova cómo se acerca la ocasión de traspasar la verja de La Moncloa en el camión de la mudanza; aquel colchón de Sánchez, sorprendente protagonista del manual de resistencia, puede empezar a temer por su obsolescencia programada, tras ejercer cuatro años de sostén onírico de unas ambiciones presidenciales que han cuarteado las costuras de la nación. La política se ha vuelto una montaña rusa. Vertiginosa y fugaz. Todo está ultraconectado en tiempo real, todo ocurre de inmediato y se observa al momento, acción-reacción sin lapso, lo que significa que cualquier movimiento por pequeño que sea puede desencadenar efectos, muchos

 de ellos inesperados, no previsibles, de consecuencias importantes, que a su vez provocan nuevos cambios. Lo que empezó tímidamente el verano pasado como una florecilla primaveral, un brote de inflación pos-Covid de aparente bajo riesgo, y una molesta subida en la factura de la luz, tras la invasión de Ucrania ha terminado por succionar la agenda del Gobierno español; ha vaciado la panza de la legislatura para rebosarla con una realidad complicadísima y áspera que empuja a Sánchez y a su confortable colchón hasta la linde misma de su mandato.

De súbito, han desaparecido quince meses del calendario. La erosión económica y social que debería haber llegado a finales de 2023 la vamos a tener aquí encima en el plazo de un trimestre y de forma mucho más acentuada. La legislatura ha evolucionado de etapa, se volatiliza el periodo más plácido para los intereses gubernamentales y el Gigantesco Ego que duerme en La Moncloa asume que tiene un problema con la mayoría social del país, que va a ser visto con asiduidad como el último de la última fila, no sólo en los cónclaves de la OTAN, que incluso los Draghi del mundo le acabarán llamando Antonio o Manuel, una terrible cura de humildad para alguien que se esponjaba no hace tanto con los cuentos que Iván y Ábalos planeaban para su futuro imperial, en la Comisión, en el Consejo de Europa, en la Alianza Atlántica, incluso en los Grandes Expresos Europeos de Foxá. Estos días ya puede exprimir el logro de la ‘excepción ibérica’ sobre los precios de la energía, ya puede embadurnarse con la retórica habitual, pero ha perdido la magia, ha perdido la calle.

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Hasta hace poco, el factor de desgaste de Sánchez había sido su política de pactos, nunca la economía, pero tras la ofensiva de Putin estamos transitando hacia una corrosión que no es que tenga raíz económica, sino que se adentra directamente en la médula de una crisis virulenta. Salimos malparados de la pandemia ya que caímos más que los demás países y nos recuperamos menos porque el Gobierno optó por políticas populistas que frenaron el crecimiento y activaron la inflación, llevando el déficit y la deuda pública más allá de todo límite razonable, aprovechando que podía eludir a los mercados y colocar todas las emisiones de bonos en el BCE. Lo que se conoce como pan para hoy y hambre para mañana. El conflicto ucraniano nos coge mal, con los deberes sin hacer y la casa empantanada. La guerra puede descontrolar nuestra inflación por encima del 10% y afectar hasta en dos puntos al PIB. Cuando alguien tan templado y ecuánime como el gobernador del Banco de España es capaz de afirmar en público que «estamos ante una perturbación que cabe anticipar de elevada trascendencia», Calviño y Montero deberían ponerse serias. El diagnóstico tiene un nombre maldito que nadie desea pronunciar: estanflación, que es como una UCI (se sabe cuándo se entra pero no cuándo se sale y en qué estado). El empeoramiento resulta tan evidente que el Banco Central Europeo más pronto de lo que esperamos procederá a retirar definitivamente los estímulos, dejará de comprar deuda española y subirá los tipos de interés; la Comisión pedirá programas de estabilidad creíbles, igual que los mercados, o la prima de riesgo se disparará. En definitiva, España tendrá que pasar por el tratamiento de los ajustes o se quedará sin financiación ni prestigio. La hora en fin de las reformas. ¿Les suena todo esto?, es 2010, el fantasma de Zapatero que vuelve a nosotros. El zapaterismo fue un ensayo del sanchismo en diversos ángulos y tanto se ha inspirado uno en el otro que empiezan a parecerse en el oscuro final.

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El pasado miércoles preguntaba Carlos Herrera a sus contertulios de la Cope sobre qué hará el Gobierno cuando tenga que afrontar la cruda realidad que le espera. La respuesta inicial parece obvia. No hará nada porque de partida esa es una política económica incompatible con esta melé de socialistas, podemitas, independentistas y herederos de ETA. Este es un Gobierno diseñado para subir los impuestos a los contribuyentes con el fin de poder gastar más, repartir pagas, rentas y sinecuras, para operar bajo los excesos de dos principios aparentemente incompatibles pero ciertos, la propaganda y la opacidad; nunca les ha preocupado la mesura ni la eficacia de los servicios públicos. Por tanto, después de copiar a Zapatero en casi todo, Zapapedro como sucesor natural se encamina a la misma desembocadura, el malestar de la calle («que ya no se va a apagar») y los programas de ajuste. Y son conscientes de ello; a principios de mes uno de los principales colaboradores del presidente apuntaba que «esta guerra nos obliga a cambiar la hoja de ruta, en políticas importantes, tenemos que adaptarnos, y los de Podemos no van a irse, no, otra cosa es que seamos nosotros quienes tomemos una decisión».

Sánchez se encuentra ante dos opciones. La primera es convocar elecciones, que en caso de ganar le permita formar un nuevo ejecutivo, de signo distinto, para acometer las políticas indispensables de la nueva etapa; el problema está en que supone ir al matadero, con la calle incendiada. La segunda posibilidad es la que tomó Zapatero en su día; sacrificarse, desdecirse, desacreditarse ante los suyos e impulsar un plan de reformas para superar la crisis; pero incluso en caso de que quisiera intentarlo, sus aliados parlamentarios no le seguirán. Ahí podríamos toparnos con una vía distinta, la que más suele utilizar el sanchismo, el regate, la vía marrullera, o sea buscar un culpable, echarle la responsabilidad a otro, mirando directamente a los ojos de Feijóo. Claro que el inminente líder del PP ya anda curado de quiebros. Sánchez no es problema suyo; el desafío más próximo lo tiene en acoplar a Ayuso con comodidad dentro del partido y en fijar una interrelación inteligente y provechosa con Vox. No parece difícil acertar («Feijóo y Abascal ya han acordado cenar a solas un día de estos»).

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