Wednesday, December 7

Una espera larga e innecesaria



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La renuncia de Teodoro García Egea como secretario general del PP se produjo ayer después de una resistencia numantina e inexplicable. No solo era prácticamente unánime el criterio de los miembros de la dirección del PP respecto a la inevitabilidad de su dimisión como antesala de la de Pablo Casado, sino que ayer se produjo una rebelión en regla contra él. Su resistencia a abandonar el cargo no tenía sentido alguno porque, por más unido que estuviese a Casado, fue el propio presidente del partido quien se lo exigió, y negarse a ello era insostenible. Todo el día de ayer fue una agonía sin explicación posible, a la espera de que fuese Casado quien anunciase su propia salida. Aún no lo ha hecho.

Es razonable que quiera buscar con los barones del partido el modo de hallar una salida digna y organizada antes de que anuncie lo inevitable: la celebración de un inminente congreso extraordinario que cambie el rumbo de un partido cuya brújula ha quedado destrozada por los acontecimientos. Desde que por la mañana la dirigente Belén Hoyo, muy próxima a Casado, y después el portavoz nacional del partido, José Luis Martínez-Almeida, anunciasen públicamente que abandonaban sus cargos, la huida masiva se desarrolló en cascada. El grupo parlamentario en el Congreso dio por desautorizado a García Egea, y varios barones del partido, ya sí públicamente y a cara descubierta, incidieron en que la etapa de Casado debe concluir. Solo falta el diseño de la fórmula que formalice su salida definitiva para abrir una nueva etapa.

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A priori, el congreso extraordinario no será más que la excusa estatutaria para que el partido encumbre como nuevo líder al presidente de la Xunta de Galicia, Alberto Núñez Feijóo. Él fue quien más claramente, y en primer lugar, dio a Casado por amortizado, y ha sido quien se ha puesto al servicio del partido si los demás barones así se lo piden. La retórica del lenguaje y la diplomacia de las palabras son lo de menos en este caso. En román paladino, Feijóo prácticamente ya ha dado su sí, y en principio debería ser elegido casi por aclamación, ya que no tendrá más candidatos de peso enfrente. Hasta algunos dirigentes que en el pasado fueron muy críticos con Feijóo por su proximidad en estrategias y puntos de vista con Mariano Rajoy lo perciben ahora como la única tabla de salvación posible para un PP que en apenas una semana ha dilapidado un inmenso patrimonio. Este enrocamiento, principalmente de García Egea, pero también del propio Casado, y esta tardanza en comprender que no queda otra salida posible que un relevo inmediato, solo están consiguiendo empeorar el prestigio de la propia marca electoral.

Es lógico que Casado quiera escenificar una renuncia pactada en condiciones que al menos no sean vergonzantes. Además, no las merece ni sería justo, por pésima que haya sido su gestión de la crisis con la presidenta madrileña, Isabel Díaz Ayuso. Pero la desafección de las bases, de la militancia y de buena parte de los votantes ya no tiene marcha atrás. Se ha producido un auténtico divorcio que no compensa prolongar durante mucho más tiempo porque el desgaste se incrementa y el desenlace no tiene más solución posible. A partir de los próximos días, el centro derecha debe iniciar un proceso de refundación imprescindible. Lo determinante desde ahora mismo es el futuro. Que el PP aclare de inmediato qué quiere ser, qué quiere representar, qué va a cambiar, y cómo va a hacerlo de forma eficaz. El reto, en definitiva, es un nuevo proceso de reconstrucción casi desde los cimientos, porque el objetivo principal sigue siendo plantar cara, y ganar, a Pedro Sánchez para que un Gobierno de coalición como el suyo no siga dañando a España como lo hace.

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