Saturday, April 13

una historia llena de guerras y traiciones


Madrid
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Las relaciones entre China y Rusia es como aquel dicho popular que dice: «Los que se pelean se desean». Este lunes, el Gobierno de Estados Unidos confirmó que el presidente
Vladimir Putin ha pedido ayuda militar a su homólogo chino para completar cuanto antes una invasión de Ucrania que se le está resistiendo más de lo que esperaba, según explicaron altos cargos de la administración del presidente Joe Biden. De producirse, esta colaboración no debería llevarnos a engaño en lo que a la historia se refiere.

La realidad es bien distinta. Salvo en momentos puntuales, China y Rusia han sido siempre enemigos. A lo largo de la Edad Media y Moderna, tan solo compartieron destinos durante la dominación de los mongoles en el siglo XIV.

En la centuria pasada, los conflictos han sido habituales, desde las disputas sobre Siberia oriental a las ansias por controlar Asia Central o el Ártico, pasando por los graves enfrentamientos fronterizos durante la guerra fría, que amenazaron, incluso, con desatar la
Tercera Guerra Mundial de la que tanto se habla últimamente.

De hecho, el mismo presidente de Estados Unidos,
Joe Biden, se refirió a ella la semana pasada, cuando anunció nuevas medidas para castigar la economía de Rusia: «Defenderemos cada pulgada del territorio OTAN. No vamos a combatir en una guerra contra Rusia en Ucrania. La confrontación entre la OTAN y Rusia sería la Tercera Guerra Mundial. Algo que tenemos que prevenir a toda costa». Lejos de rebajar la tensión, Putin anunció, pocos días antes, que había puesto en estado de máxima alerta las fuerzas nucleares de su país.

«Un incidente sangriento»

No es para tomárselo a la ligera, puesto que Rusia cuenta actualmente con 5.977 ojivas nucleares, según un reciente informe del Bulletin of Atomic Scientists De ellas, 1.500 estarían pendientes de ser desmanteladas, pero 4.477 están disponibles para su uso. Sin embargo, también es cierto que esta misma amenaza del Kremlin no es nueva, pues ya hubo otras en el pasado precisamente contra China. La más grave de todas se produjo en 1969, cuando las
informaciones de ABC sugerían que el mundo iba a saltar por los aires: «El Gobierno chino envió a Rusia una delegación para negociar, pero después la URSS protagonizó un nuevo incidente sangriento y acusó a Pekín, insinuando que esta tenía intención de consumar un ataque nuclear contra la Unión Soviética».

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Al igual que con la actual guerra de Ucrania, el planeta observaba con inquietud la posibilidad de un nuevo enfrentamiento a gran escala como el que había devastado Asia y Europa en la Segunda Guerra Mundial. De un plumazo, la afinidad ideológica que supuestamente había entre ambos se esfumaba, como en tantas otras ocasiones a lo largo del siglo XX. En la década de 1950, la URSS y China juraron defender juntos el socialismo contra el capitalismo occidental. Una década antes,
Stalin apoyó al Partido Comunista chino, después de que este ganara su guerra civil y se hiciera con el control de la mayor parte del país.

En 1949,
Mao Tse-Tung prometió, incluso, «10.000 años de amistad y trabajo en equipo entre ellos», firmando después un tratado de amistad, alianza y asistencia mutua. Incluso miles de especialistas soviéticos ayudaron a crear una sólida infraestructura en Pekín. El acuerdo era tan importante para Mao que, incluso, viajó a Moscú para negociarlo en persona, saliendo de su país por segunda vez en su vida. El trato que le dio Stalin, sin embargo, dejó mucho que desear, pues tuvo al dirigente chino abandonado durante semanas en una dacha inhóspita a las afueras de la capital soviética. Solo después de muchas concesiones, accedió a financiar a su socio, a devolverle algunos territorios ocupados tras la Segunda Guerra Mundial y a defenderle en caso de invasión.

La amenaza nuclear

El nuevo gobierno comunista chino no tardó en darse cuenta de que esa «amistad» con el dictador soviético rara vez salía gratis, pues cuando este decidió intervenir en la guerra de Corea para impedir la derrota del norte comunista, el líder ruso advirtió que debería pagar religiosamente cada cargamento de armas que le proporcionado. Un extraño matrimonio de conveniencia que, además, se fue al infierno en cuanto falleció Stalin en 1953, pues Mao aprovechó para intentar convertir a China en el nuevo líder del bloque socialista.

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Al líder comunista chino no le gustaba la dirección que estaba tomando la política internacional del sucesor de Stalin,
Nikita Kruschev, que había empezado a impulsar la «coexistencia pacífica» con Occidente. Para tomar la delantera, Mao Tse-Tung insinuó públicamente, incluso, que no tendría ningún miedo en desatar una guerra nuclear contra Estados Unidos, el gran enemigo del bloque comunista en la Guerra Fría. Y, a continuación, declaró que no reconocía las fronteras que Pekín y Moscú habían establecido en el siglo XIX.

En previsión de una posible invasión, la Unión Soviética envió a cerca de 300.000 soldados a su frontera en 1967. Las relaciones diplomáticas entre ambos no volvieron a ser las mismas, sobre todo cuando estalló el conflicto entre ellos dos años después con el ataque por sorpresa de 300 militares chinos a 55 guardias fronterizos soviéticos en la isla Zhenbao. La mayoría fueron asesinados a quemarropa. En 1965, el Gobierno de Moscú ya había avisado a Pekín de que sus fronteras eran sagradas: «Quien se atreva a violarlas, desencadenará las réplicas más resueltas». Obviamente, no hizo caso.

«Una guerra revolucionaria»

Kruschev aseguró que la isla le pertenecía a su país en virtud de un
acuerdo firmado en 1860 por los zares, pero Pekín argumentó que este era «injusto». Instó a la URSS a devolverle nada menos que 20.000 kilómetros cuadrados de territorio y seiscientas islas con una superficie de más de 1.000 kilómetros más. «Si un puñado de maníacos belicistas se atreviera a atacar los emplazamientos chinos, la agresión sería rechazada y 700 millones de chinos llevarían adelante una guerra revolucionaria», advertía la principal agencia de noticias china.

Dos semanas después del ataque, una división de infantería volvió a atacar la isla, obligando a los soviéticos a retirarse tras un intenso combate. Estos respondieron con lanzacohetes y aniquilaron a sus enemigos. El terrible balance de muertos no era muy esperanzador: 58 de la URSS y varios centenares en China. El mayor temor seguía siendo que se desencadenara una guerra nuclear entre ambos que afectara al mundo entero. En el último momento, sin embargo, una conversaciones urgentes en el mismo aeropuerto de Pekín, cuyas fotografías publicó ABC, dieron comienzo a unas nuevas negociaciones fronterizas… sin bombas de por medio.

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La solución no fue definitiva. «Es casi imposible que la URSS y China alcancen una solución verdadera a sus rivalidades fronterizas. Los argumentos publicados por las dos partes en los últimos años prueban que el camino que deberían recorrer es demasiado largo y espinoso», explicaba este diario en 1969. Y no se equivocaba, porque la tensión continuó.

La Rusia post-soviética

En 1989,
Mijaíl Gorbachov y Deng Xiaoping firmaron un tratado sobre la desmilitarización de la mencionada frontera y declararon la normalización de las relaciones bilaterales. En 1991, Rusia cedió finalmente la polémica isla de Zhenbao y medio centenar de kilómetros de su frontera. Eso no impidió que el siguiente presidente de la República Popular China, Jiang Zemin, tachara a Gorbachov de «traidor al comunismo» cuando se produjo la desmembración de la URSS.

Pekín también tuvo sus más y sus menos con
Borís Yeltsin, el primer presidente de Rusia, al tiempo que iban cerrando sus conflictos fronterizos del pasado. En otoño de 2003, nuevos territorios pasaron al control del Gobierno de Pekín. En 2005 firmaron un nuevo tratado por el que las dos potencias se comprometían a no ser el primero en atacar al otro con armas nucleares. El supuesto acercamiento continuó tres años después, con otro acuerdo en el que la frontera quedó supuestamente delimitada.

Con Putin en el poder, Moscú ha seguido profundizando en una alianza perdurable con Pekín, aunque
cimentada siempre sobre un enemigo común: Occidente. Da igual que esta se establezca a nivel político o económico, como puedan ser acuerdos de suministro energético. Y, por supuesto, en el ámbito militar, como puedan ser intercambios de sistemas sofisticados de defensa o ventas de armamento. De hecho, Putin y el actual presidente chino, Xi Jinping, se reúnen varias veces al año. Este último, con la última petición del líder ruso con respecto a Ucrania, afronta una decisión clave para el futuro del mundo.

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