Wednesday, February 21

una presidencia de altas expectativas y baja popularidad


Corresponsal en Nueva York
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El contexto en Estados Unidos debería ser propicio, a tenor de presidencias pasadas, para un alza dramática en la popularidad de
Joe Biden, quien al fin y al cabo es el candidato que más votos ha recibido de la historia en unas elecciones, 81,2 millones. Es un presidente en tiempos de guerra en Europa; que ha tomado medidas drásticas para
castigar a Vladímir Putin por la invasión de Ucrania; que ha acabado con la guerra más larga de la historia norteamericana al sacar las tropas de Afganistán, y bajo el cual la pandemia ha comenzado a decaer y los solicitantes de prestaciones por desempleo han descendido a su nivel más bajo desde 1969.

Biden, sin embargo, es uno de los presidentes más
impopulares de la historia.

A estas alturas de su mandato, mirando encuestas de más de medio siglo atrás, solo su predecesor directo, Donald Trump, era más detestado por los votantes que su sucesor.

Primera magistrada

A finales de marzo, el índice de popularidad del presidente cayó al punto más bajo de su presidencia: 40%. No ha vuelto a superar el 45%, según los medidores. Eso explica que el viernes Biden decidiera darse un baño de multitudes en el patio trasero de su residencia para celebrar un logro que su propio gabinete ha calificado de «histórico»: la confirmación de la primera mujer de raza negra en acceder a la poderosa Corte Suprema, un puesto vitalicio.

Cientos de personas le aplaudieron a él; a su vicepresidenta, Kamala Harris, y a la magistrada Ketanji Brown Jackson, durante una celebración poco común ante la columnata de la Casa Blanca desde que golpeara la pandemia. El presidente es consciente de que necesita movilizar el voto de la comunidad afroamericana si vuelve a las urnas, y el viernes le recordó a esta que ha cumplido su promesa de elegir a una jueza del Supremo mujer y negra.

El caos de Afganistán

Biden comenzó volando relativamente alto en las encuestas, prometiendo unidad y bipartidismo tras los tumultuosos años de la era Trump. En septiembre, tras la calamitosa retirada de Afganistán, con un atentado que se cobró la vida de 13 uniformados estadounidenses, el porcentaje de votantes que condenan su gestión superó por vez primera al de aquellos que la consideran buena. Desde entonces, Biden no se ha recuperado en esos indicadores, en gran parte también por una galopante inflación, que ha llegado a índices nos vistos en 40 años en este país, rozando el 8%.

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El contexto llevó en febrero a Niall Ferguson, uno de los historiadores más respetados en el mundo anglosajón, que investiga en Stanford y ha dado clases en Harvard y Oxford, a comparar a Biden con Jimmy Carter, ejemplo de una de las presidencias más catastróficas de la historia norteamericana, un desplome insólito en un solo mandato durante un contexto de estancamiento e inflación, con Irán en llamas, la Unión Soviética invadiendo Afganistán y el precio del crudo por las nubes.

Según Ferguson, «la presidencia de Biden está al borde de una catarata de desastres en política exterior tan negativa como la de Carter en 1979, y posiblemente peor que ella, con implicaciones obvias para su futuro político y el de su partido este año [2022, año de elecciones parciales] y en 2024 [cuando habrá elecciones presidenciales]. El presidente y su equipo de seguridad nacional han cometido múltiples errores desde que sucedió en el cargo al presidente Donald Trump, quien, a pesar de su odiosa admiración por el líder ruso Vladímir Putin y su conducta generalmente errática, logró redefinir la estrategia de seguridad nacional de EE.UU., disuadir a los principales rivales de EE.UU. de posibles agresiones y hasta reforzó la posición militar de Ucrania».

La paradoja de Ucrania

A pesar de que Biden invirtió largos meses, desde finales de 2021, en advertir de la inminente invasión rusa de Ucrania, y de sus duras sanciones, mucho más estrictas que las de Europa, a los votantes estadounidenses esta respuesta les parece insuficiente. El último sondeo de Ipsos sobre la respuesta a la agresión recoge que solo el 36% de los estadounidenses cree que el presidente ha acertado con la respuesta a la guerra en Ucrania, mientras que un 52% cree que no.

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Es paradójico, pues Chris Jackson, vicepresidente de Ipsos, afirma que Biden está haciendo lo que el votante americano quiere: condenar a Rusia, apoyar a Ucrania y no mandar tropas. «Lo que está haciendo [el presidente] es fundamentalmente lo que quiere el pueblo estadounidense. Pero incluso si Biden está haciendo todo lo que la gente quiere que haga, no obtiene mucho crédito por ello», afirma.

La crisis migratoria

Pero con mucho, su medida más impopular hasta la fecha ha sido revocar un decreto de la era Trump que permitía expulsar en caliente a cualquier inmigrante que cruzara a pie y sin papeles la frontera con México, el llamado Título 42. Según Morning Consult, un abrumador 56% de estadounidenses se oponen a esa decisión. Los republicanos y algún demócrata en el Capitolio de estados fronterizos ha calificado la decisión de catastrófica, apocalíptica, una hecatombe.

Según Marco Rubio, senador republicano por la Florida, cree que esta rescisión es «el error más grave del presidente, y la lista es larga». «Con esta decisión, está abriendo nuestras fronteras e invitando a una oleada masiva de inmigración ilegal, probablemente la más grande en la historia de EE.UU.». El tiempo que ese decreto estuvo vigente, de marzo de 2020 a enero de 2021, EE.UU., detuvo a 550.000 indocumentados, de los que expulsó al 83%.

Bajo este presidente se han registrado cifras récord de detenciones de personas sin papeles en la frontera. En febrero fueron casi 165.000, el máximo histórico de ese mes, un aumento del 63% con respecto al año pasado.

Malestar por Venezuela

No son sólo los senadores republicanos los que han perdido la paciencia con Biden. Los demócratas centristas han marcado distancias y dos de ellos, Joe Manchin de Virginia Occidental y Kristen Sinema de Arizona, han postergado sine die su gran plan de gasto público por considerarlo demasiado abultado. Y Bob Menéndez, de Nueva Jersey, ha sido muy crítico con la decisión de Biden de enviar una delegación a reunirse con el dictador Nicolás Maduro, contradiciendo la política oficial de EE.UU. de tener solo contacto con los opositores encabezados por Juan Guaidó.

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En realidad la primera prueba de fuego del presidente Biden llega antes de las presidenciales de 2024 a las que se refería Ferguson. En noviembre de este mismo año hay elecciones parciales, y se renueva un tercio del Senado y la totalidad de la Cámara de Representantes. No es raro que un presidente pierda la Cámara, más volátil, dos años después de llegar a la Casa Blanca. Es algo que por ejemplo le sucedió a Trump en 2018. Pero los demócratas controlan desde hace dos años el Senado con una mayoría ajustadísima, y los sondeos de momento reflejan un riesgo real de que lo pierdan.

La precariedad de los demócratas, y el estancamiento de sus grandes promesas de gasto social y medioambiental en el Capitolio, por la oposición de los centristas de ese mismo partido, han llevado a Biden a adoptar un tono más electoralista que el de hace un año, cuando la gestión de la pandemia lo dominaba todo. Así, el martes Biden decidió invitar a la Casa Blanca a alguien más popular que él, al menos a estas alturas de mandato: Barack Obama. El motivo era celebrar la reforma sanitaria que Obama como presidente y Biden como vicepresidente aprobaron en 2010. Tuvo que recurrir la Casa Blanca a decisiones de hace más de dos décadas para ver si el actual presidente remonta antes de las parciales.

Aquel evento dejó sin embargo un momento revelador. Tras los discursos, la multitud reunida en la Sala Este de la Casa Blanca rodeó a un sonriente Obama, que sonreía y estrechaba manos. Biden, mientras, quedaba apartado, decidiendo cual iba a ser su siguiente paso.

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