Wednesday, November 30

«Volvemos con nueve personas que llevan el terror grabado en el rostro»


Santiago
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Maite contesta al teléfono desde la frontera polaca con Ucrania, a donde llegó este lunes con su marido Miguel Ángel después de 50 horas de viaje y más de 4.000 kilómetros. Los dos son gallegos, del municipio lucense de Quiroga, y se han cruzado Europa para tender una mano a los refugiados que huyeron de su país tras el inicio de los bombardeos ordenados por Putin en territorio ucraniano. Una masacre ante la que no permanecieron impasibles. Su reacción fue rápida. Se fueron el pasado fin de semana con un convoy de ayuda formado por una autocaravana, una Kangoo con un llamativo remolque y un furgón en los que transportaron tres toneladas de comida y ropa que juntaron con la ayuda de sus vecinos en menos de un día.

Y harán el camino de regreso con nueve personas a las que, literalmente, han recogido de las estaciones en las que se hacinan los ucranianos que han logrado alcanzar la frontera, única alternativa para garantizar su supervivencia.

La fotografía en la frontera la protagonizan niños acurrucados en los brazos de sus madres, que en el mejor de los casos llevan una mochila al hombro. Otros, como una de las familias a las que Maite y su pareja ofrecieron el asiento trasero de su coche, escaparon con las manos vacías y el corazón quebrado. «Es una chica muy joven» con dos pequeños de cuatro y nueve años que estaban «con la cazadora que llevaban puesta» y que tienen el terror grabado en el rostro. Esta pareja de voluntarios de Quiroga los encontró a las 4 de la madrugada en una estación de tren de Varsovia. El termómetro marcaba -4 grados. «No nos podemos comunicar bien con ellos porque solo hablan ucraniano, el lenguaje es una barrera tremenda, pero los miras a la cara y solo ves miedo. Yo no sé lo que han vivido dentro, pero esta mamá que llevo atrás viene muy mal, lo que ha tenido que pasar esa mujer yo no lo quiero ni imaginar», explica la lucense en una conversación con ABC.

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Caminando durante días

Sobre lo que se encontraron al llegar a la frontera, pocas palabras hacen falta. «Tienen muchas preguntas, mucho miedo, llegan traumatizados» resume de camino a recoger a la última persona que volverá con ellos a España, una niña de solo 13 años que los espera en Medyka. «Se lo prometimos a una tía suya que vive en Galicia y que nos pidió que la encontrásemos y la trajésemos con nosotros y así lo haremos, cumpliremos nuestra promesa». Allí, en el puesto fronterizo, la eterna hilera de desplazados que luchan por salir de Ucrania empata con la de familiares y voluntarios que esperan del otro lado de la valla. Algunos de los pequeños que están allí han caminado días enteros de la mano de sus madres, sin poder mirar atrás. «Nos encontramos con una mujer que llevaba una bolsa con sábanas, fue lo único que pudo coger» comenta Maite, sobrecogida por lo vivido.

A punto de encarar el camino de vuelta, y con uno de los vehículos averiado con cinco personas en un taller a dos horas de la capital, la gallega reconoce que repetiría este trayecto «una y mil veces». «Hace falta mucha ayuda, mientras subíamos solo nos encontramos con otro coche español, pero creo que ahora se está empezando a movilizar más gente». Trasladarse allí no es sencillo, pero Maite anima a todo el que tenga medios para hacerlo a que se eche a la carretera. «Habrá imágenes que te impacten, pero hay que hacerlo, necesitan nuestra ayuda».

Aunque la logística no es sencilla, los grupos de Whatsapp y Telegram están ayudando a organizar a los voluntarios que llegan a Polonia desde distintas partes de Europa. Los intermediarios son ucranianos que hablan español y que envían la ubicación de los refugiados que buscan una mano tendida en su huida del infierno. «Están desesperados y piden ayuda por Facebook, en las plataformas, cada uno con los medios que tiene. Entras y van llegando mensajes de tipo ‘mamá con dos niños en la estación de tal’ o ‘dos personas mayores en Varsovia’», describe la voluntaria sobre este extraño éxodo auspiciado por las redes sociales. «Cuando estábamos en casa y nos planteamos venir nos lo pensamos mucho porque sabíamos que era duro, pero organizamos. Y cuando estás aquí y ves en qué condiciones llegan, desorientados… te parte el alma. Hay que sacarlos como sea», se emociona Maite, que insiste en la crudeza del invierno en estas latitudes. «La familia que recogimos esta noche estaba muerta de frío».

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Medicamentos, ropa militar, comida y sobre todo artículos de primera necesidad para bebés como pañales o leche en polvo son esenciales para la supervivencia en la frontera. «Ellos llegan sin nada, aturdidos» lamenta la gallega, que lanza un mensaje al resto de Europa. «Lo que se envía llega, esta misma mañana se han estado vaciando los almacenes entregando comida que nosotros trajimos, pero hace falta más». El goteo de refugiados es incesante, solo hasta ayer y n trece días de guerra, dos millones de ciudadanos. En un intento por aliviar el caos en la frontera, Polonia ha fletado autobuses y trenes para llevar a los refugiados hasta estaciones donde la acumulación de personas también es importante, explica Maite, que incide en que localizar a alguien allí puede llegar a ser un auténtico «caos».

«Misión cumplida»

El particular periplo de este matrimonio, una segunda oportunidad de vida para los que se cruzaron en su camino, termirá cuando dentro de dos días pisen de nuevo suelo gallego. «En ese momento podremos decir que misión cumplida», ansían en el ecuador de su viaje. Un grano de solidaridad en mitad del sinsentido de una guerra que suma ya más de 400 civiles fallecidos, entre ellos también niños.

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